|
JULIO 2008
COLOMBIA
HABLA BETANCOURT SOBRE
el dolor, el temor y la fe
Por Steven Erlanger
(TNYTS)

Ingrid
Betancourt teme el colapso que, sabe, se aproxima.
A semanas después de su repentino
rescate después de más de seis años de cautividad en las
profundidades de la selva colombiana, Betancourt tiene
aspecto saludable, incluso elegante con unos pantalones
negros y una blusa de lino blanco, un reloj Cartier de oro
en su muñeca, acentuando el rudimentario rosario que ella se
hizo con botones y la cuerda de plástico que los
guerrilleros usaban para hacerles correas a sus rifles.
Sin embargo, ella habló de su
fragilidad en una entrevista, así como sobre su profunda fe
católica. Además, ella sabe cuán rápidamente va cayendo su
adrenalina. “Es como el romper
de las olas; sé que viene, y que se está acercando”, dijo
suavemente, en inglés. “Así sé que ha llegado el momento que
yo sencillamente me detenga. No quiero terminar sumergida en
la depresión”. Betancourt, de 46
años de edad, colombiana que también se volvió ciudadana
francesa a través de su primer matrimonio, ha estado
residiendo en Le Meurice, uno de los hoteles más bonitos de
París, intentando aprovechar su momento de fama para
agradecerles a quienes la han ayudado y pugnar por la
liberación de los otros 700 rehenes, aproximadamente, de la
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, las FARC.
Pero, ella también está intentando
evitar una descripción de los detalles de su ordalía, años
de cautiverio en la selva durante los que a menudo fue
encadenada, torturada físicamente y humillada por hombres
armados y enojados, cuya conducta, dijo anteriormente, fue
“tan monstruosa que, pienso, ellos mismos sintieron
repugnancia”. Ella quiere ser
testigo y rendir su testimonio, “pero tiene que llegar en el
momento indicado”, dijo, con los ojos anegados.
Tan sólo una semana después de su
liberación, “Necesito tiempo. “No es fácil hablar acerca de
cosas que aún duelen. Y probablemente me duelan durante toda
mi vida, no lo sé. Lo único que he dejado en claro en mi
mente es que deseo perdonar, y el perdón llega con el olvido.
Así que tengo que hacer dos cosas. Tengo que olvidar a fin
de encontrar paz en mi alma, y ser capaz de perdonar. Pero,
al mismo tiempo, una vez que haya perdonado y olvidado,
tendré que traer de vuelta esos recuerdos. Es probable que
con el tiempo se vayan filtrando, así que no llegarían con
todo el dolor que siento justo en estos momentos”.
También era probable, dijo, que ella
así lo haría con ayuda profesional. Reconocía la crueldad
dentro del animal humano. “Pienso que tenemos a ese animal
en nuestro interior, todos nosotros, esa es la realidad de
cómo somos hechos”, dijo. “Podemos ser tan horribles para
los otros”. Ella dijo, primero, que era imposible juzgar a
otros, para luego agregar: “En lo personal, era como
entender lo que antes yo no podía entender, como, por
ejemplo, los nazis, cómo podía pasar esto”.
Cuando le contaron acerca de Alan
Johnston, el corresponsal de la BBC en Gaza que fue retenido
como rehén durante casi cuatro meses el año pasado, el ánimo
de Betancourt mejoró. “Seguí todo su sufrimiento, día con
día”, dijo, mencionando que “su única fuente de información”
era la BBC. “Y escuché cuando él fue liberado. Y cuando
estaba oyendo sus palabras, yo pensaba, este tipo también ha
pasado por lo que yo he pasado. él sabe a la perfección lo
que yo estoy sintiendo”. Tres
estadounidenses -- Marc Gonsalves, Thomas Howes y Keith
Stansell -- eran contratistas militares que trabajaban en un
contrato antidrogas del Pentágono, cuando su avión se
desplomó en 2003 y ellos fueron capturados. Fueron liberados
con Betancourt, junto con otros 11 rehenes colombianos.
Cuando les preguntaron cómo les iba a
los estadounidenses, Betancourt dijo que para ellos el
cautiverio era muy difícil. “Solamente uno de ellos podía
hablar su idioma”, dijo. “Habían sido sometidos a
condiciones muy duras, y cuando los pusieron en el mismo
grupo que nosotros, encontraron una forma de compartir con
otros lo que, pensaban, solamente les estaba ocurriendo a
ellos. Compartían cosas como, digamos, la desesperación,
contar los días”.

Ella
siempre intentaba mantener su dignidad, dijo, encontrando
solaz y sanidad en actividades regulares a diario, algunas
privadas, como la meditación y el rezo, y otras colectivas;
“para darte estabilidad en un mundo sin estabilidad alguna”.
Además, ella dijo que sí había encontrado cierta nobleza
entre los rehenes y la degradación.
“Esa es la magia de todas las cosas”,
comentó. “Puedes tener el lado oscuro del hombre pero,
también, conectarte a la luz y ser una enorme luz para otros.
Y pienso que eso es lo que significa ser espiritual”.
Cuando le preguntaron acerca de su
rosario, ella dijo, de buen humor, “un error”.
Comentó que recordó las palabras de su
padre al decir el rosario, pero no era capaz de recordar con
exactitud cómo funcionaba, cuántas veces se suponía que
debía rezarle a la Virgen María. “Así que pensé, en caso que
no sean 10, quizá 15”, dijo, tocando los 15 botones del
rosario, sacados de una chaqueta que los guerrilleros le
habían dado a ella. Para ella,
Dios es personal, dijo. “Sé que yo le hablo, y que él
responde”. La gente descarta lo milagroso, dijo, y “prefiere
hablar de coincidencias”, pero “lo que yo pienso acerca de
los milagros es que le ocurren a todos todo el tiempo”.
Betancourt, cansada, aún tiene más
entrevistas que conceder. No obstante, su tiempo de
publicidad está terminando, dijo, mientras hablaba de sus
hijos, Lorenzo y Melanie, quienes estuvieron con ella.
“Sé que ahora es el momento de
retirarme, de estar con mi familia, de encontrar un espacio
para mi vida”, dijo, mientras la voz se le quebraba.
“Ustedes saben, estoy aterrizando como un paracaídas en la
vida de otros. Ellos tienen sus propias vidas, sus
actividades diarias. Y yo, no tengo nada”.
“Hace seis días, yo estaba encadenada a
un árbol”, dijo. “Y ahora soy libre, e intento entender cómo
voy a vivir de aquí en adelante”. |
|