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Home Culturales Cuentos Inéditos Un día como cualquier otro
Miércoles, 05 Agosto 2009 15:00

Un día como cualquier otro

  George W. Kennedy
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Ese día Irene y yo tomábamos café en la cocina de la casa, sentados frente a la estufa encendida. Treinta minutos antes Andrés, nuestro único hijo, había salido para el trabajo. Andrés trabajaba desde hacía un año en una filial de la compañía telefónica. Nos acordábamos de la fecha con exactitud porque era el día del cumpleaños de Custer, nuestro gato, e Irene para eso, al menos para Custer (es broma), tenía una memoria de prodigio. No era necesariamente una fortuna lo que nuestro hijo ganaba colgando cables de teléfonos entre los postes, pero le resultaba suficiente para solventar los gastos de una carrera de abogacía que había tenido que dejar por la mitad y para darnos una buena mano a Irene y a mí. Previo a eso, había estado buscando sin éxito un empleo administrativo en algún estudio de abogados. Soy jubilado del estado, e Irene, cinco años menor que yo, hacía tejidos por encargue. Daba gusto verla moviendo las manos y los dedos con inigualable velocidad. Debo añadir que trabajé durante más de veinticinco años para el municipio de Etcheverría, en el departamento de obras públicas, los primeros tres años de peón y el resto de oficial albañil. En una ocasión, es que a veces nos daban ganas de tener independencia económica y, por sobre todo, de ser nuestros propios jefes, hicimos el ensayo de instalarnos con una tienda de tejidos artesanales cerca de Retiro, pero el capital que teníamos no era gran cosa y terminamos en la quiebra dos meses después de eso. Hubiera dado cualquier cosa, ¡lo que sea!, para que Andrés no tuviera que salir a trabajar, pero los trescientos pesos que yo ganaba no alcanzaban para cubrir los gastos del mes. De ese dinero, más de la mitad se nos iba en el pago de las expensas y las facturas del gas y de la electricidad. El remanente, ciento veinte o ciento treinta pesos, lo usábamos para comprar alimentos y, cuando se podía, alguna ropa. Hacíamos un único surtido grande los sábados, porque era cuando había más precios de oferta en el mercado. Antes de jubilarme vivíamos un poco mejor, mi espalda estaba bien y podía hacer algún trabajo extra. Durante un tiempo, incluso, pudimos ahorrar dinero. Había aprendido el oficio de albañil en mi juventud, trabajando con mi padre. Mi padre podría haber sido un brillante maestro de obras si no hubiera mantenido con el alcohol tan estrecha relación. De modo que, aparte de la municipalidad, me defendía en la construcción. No tenía un grado técnico como mi padre, pero sabía trabajar y bien. Cuando llegué a los cincuenta años me dañé dos vértebras y ya nada fue igual. «Se terminaron los trabajos de fuerza», me dijo el médico con ese tono impasible, como hablan ellos cuando tienen que dar una noticia así. « ¿Este tipo qué sabe de la vida?», me pregunté. «Deje de trabajar y coma aire», le faltó decirme. Así fue que surgieron los gastos médicos y, peor todavía, la jubilación anticipada. De manera que pasé a ganar quinientos pesos menos en un abrir y cerrar de ojos.

Para mí fue como enfrentarme a un mundo nuevo.

Andrés se vio en el apuro de abandonar su carrera hasta el año pasado que consiguió ese trabajo. ¿Qué estoy diciendo? ¡Cómo pasa el tiempo! De eso hace cinco años. ¡Si parece que hubiera sido ayer! No dejo de repetirme que si yo hubiera sido más precavido, más cuidadoso, por ella y por Andrés, como Irene me decía que fuera, si no hubiera resbalado de ese andamio, él jamás habría perdido tres valiosísimos años y ella no se tendría que haber deslomado tejiendo.

Pero así somos los viejos, tercos como una mula.

El día que llegó de la entrevista lo hizo con una enorme sonrisa dibujada en el rostro, todavía no sabía si le darían el empleo, pero muy adentro suyo así lo sentía. Una semana después nuestro muchacho nos relataba los pormenores de su primer día de trabajo. Nunca lo había visto tan contento como ese día. Y yo jamás me había sentido tan triste, porque era injusto que el pobre tuviera que trabajar para poder seguir estudiando y mantenernos a nosotros.

– Ya fui a la facultad – dijo –. El mes que viene retomo las clases.

Claro, ¿no se pensarán que yo dejé de trabajar así como así? Aquel día, después que salí del consultorio médico, Irene había ido conmigo porque no confiaba en que yo luego les dijera la verdad, tuvimos una fuerte discusión en casa.

Como es natural, llegué y lo primero que hice fue acomodar las herramientas en el cajón para el día siguiente. Había terminado de revocar y pintar una pared en la casa de un ingeniero, yo trabajaba por tanto para una empresa local, y me disponía a empezar un nuevo trabajo. Era sencillo, tenía que colocar un par de pisos para un nuevo cliente y lo había cobrado bien.

– ¿Qué estás haciendo? – protestó Irene de inmediato.

– Mañana empiezo un trabajo nuevo – repuse, completamente calmado.

– Ya escuchaste lo que dijo el médico.

– Muy lindo lo que dijo el médico – dije –. Pero si no trabajo no comemos.

– Pues prefiero no comer – argumentó ella – antes que tenerte postrado en una silla de ruedas.

– No seas alarmista; esos tipos siempre agrandan las cosas. Hoy me dolía, pero ahora estoy como nuevo. Esa pastilla que me dio es mágica.

– No seas bruto. Esa pastilla es para el dolor; pero la lesión sigue ahí.

– Vos dejame – dije – que yo sé lo que hago. No te pienses que voy a dejar de trabajar porque a este señor se le antoje.

– Este señor, como vos lo llamás, estudió muchos años para decirte lo que te dijo, y vos vas a hacer lo que él dice porque si después quedás postrado voy a dejar que te agusanes. ¡Te juro que te dejo! Y eso que te quede claro – gritó Inés, enrojeciéndose casi por completo.

Descansé un par de días, pero cuando el clima se calmó en la casa retomé todas mis actividades. Podría haber aprovechado unos días de licencia médica en el municipio, pero de hacerlo me habría visto impedido de cumplir con mis otras changas, porque el médico certificador solía caer de sorpresa y eso me habría traído problemas.

Por fin ella se sosegó y las cosas volvieron a marchar normalmente. Siempre he dicho que la mejor forma de ganarle a una mujer (hoy me digo que eso es una estupidez) es haciéndole creer que uno hace lo que ella quiere.

– Si vas a trabajar, por lo menos llevá un peón – me dijo Inés un día cuando pudimos volver a tocar el tema sin discutir, esa vez estábamos tomando mate en la cocina; ella vio seguramente que yo no apartaba mis ojos del cajón de las herramientas, que guardaba debajo del fogón, a un costado de la heladera. La casa era demasiado pequeña y no tenía más lugar que ése para guardar mis cosas.

– Estuve hablando con el muchacho del kiosco, tiene un hermano que está sin trabajo y tiene alguna experiencia en la obra. Me dijo que lo va a mandar a que hable conmigo – repuse.

Andrés, cada vez que podía, porque se pasaba el día entero metido entre los libros, me echaba una mano. Al cliente nuevo le coloqué los dos pisos con la ayuda de mi muchacho. ¡Cómo trabajaba! No hay duda que tenía la sangre del abuelo.

Cuando cobré por el trabajo quise darle algo de dinero pero no lo aceptó.

Aún así le dejé un billete de cien pesos sobre la mesita de luz sin que él se diera cuenta. “Ya le va a encontrar provecho”, pensé en aquel entonces. Y fue así, porque tres días más tarde se apareció en casa con una pila de libros y me dijo:

– Los tomé como un regalo, gracias.

– En realidad fueron un regalo, es mi forma de agradecerte, porque si tuviera que pagarte por el trabajo que hiciste debería darte por lo menos doscientos cincuenta pesos.

– ¿Tanto? ¡Es mucha plata!

– Lo es. Pero no te creas que tanto. Ya viste que hay que deslomarse para ganarla.

– La verdad es que antes de llevar a otro para que te ayude podrías llevarme a mí – arguyó Andrés.

– Lo haría, nada me gustaría más, si no quisiera otro futuro para vos. Pero prefiero pagarle a otro para que vos puedas estudiar, hijo. Así cuando seas abogado puedo dejar de trabajar – completé en tono de broma.

Las cosas anduvieron así (es decir: bien) durante dos meses. Incluso hubo un momento en el que todos olvidamos el fatídico pronóstico del doctor X. El asunto de la silla de ruedas… quedó postergado para la subsiguiente discusión de lo que fuere, como siempre ocurre cuando marido y mujer pelean, sacan de ese gigantesco baúl de los recuerdos indeseados todas aquellas cosas que prometieron no volver a decirse y que parecían olvidadas. Dudosamente fuera éste el caso nuestro, en los treinta y tantos años que vivimos bajo el mismo techo jamás nos tiramos con ollas y sartenes, como se dice comúnmente. De todas maneras, no faltaría oportunidad para volver a poner en nuestras bocas, o en la de Irene, mejor dicho, el asunto ese de la silla. No sabría decir si fue el deseo de demostrarle a Irene que me sentía bien (no sólo me sentía bien sino que estaba bien), que durante esos dos meses hice cuanto trabajo se me cruzó por el camino. Fueron dos meses realmente buenos para nosotros, como familia y como pareja. Como había algo de dinero, nos dedicamos a vivir un poco. Salíamos por las noches los fines de semana; o bien íbamos a cenar los tres a un tenedor libre chino que estaba por la zona de la estación de trenes de Constitución, o nos íbamos Irene y yo al cine. Andrés no quería acompañarnos al cine porque decía que nos poníamos románticos. Admito que tenía un poco de razón. En el fondo creo que en realidad le daba un poco de vergüenza salir con los papás. ¡Y sí! ¿A quién no? El muchacho ya estaba bastante crecidito. Aunque para nosotros jamás dejó de verse con un bebé. La noche que estrenaron Gladiador, esa extraordinaria película con Russel Crow, lo vimos tres filas delante de la nuestra con una chica más o menos de su edad, una muchacha de pelo largo y castaño claro, fue todo lo que vimos. Sospechamos que sería alguna amigovia. No nos vio y, aunque Irene se salía de la vaina para decirle que nosotros sí, jamás se lo dijimos. Irene se ponía un poco nostálgica, y celosa, pero yo siempre respeté su intimidad (la de él se entiende) y le decía a Irene que había llegado el momento de soltarle un poco de cuerda.

– En cualquier momento se nos va – declaraba ella, con cierto temor en la voz.

– Como tiene que ser – argumentaba yo, intentando consolarla.

Irene y Andrés siempre habían sido muy unidos. Nunca había visto yo madre e hijo tan compenetrados el uno con el otro como ellos dos.

Cuando yo no estaba, que antes y algunos meses después de lastimarme la columna era casi todo el tiempo, se hacían compañía mutuamente; ya sea para conversar de tejidos o de la universidad, para repasar el periódico juntos, pues siempre había alguna noticia del interés de ambos, o sencillamente echarse en el sofá a mirar televisión, con el control remoto en la mano de él y Custer sobre las piernas de ella, ronroneando de dicha.

¡Cuántas veces! habré sido desplazado por ese gato. El mismo que ahora ronronea a los pies de mi cama, paseándose entre mis piernas, porque sabe que no puedo hacer nada para sacarlo de aquí. Incluso se sienta sobre mí, y me mira con esos ojos negros suyos, como si alguna entidad infernal existiera adentro de él. Hay veces en las que pienso que debería haberlo emparedado como al gato negro de Poe.

¡Pobre Custer! Llegó a nosotros siendo una pequeña, pequeñísima criatura envuelta en una franela vieja. Desde que Andrés creció Irene no dejó de insistir con que quería una mascota. Yo le decía que nuestra casa no era apropiada para cuidar un animal, por una simple cuestión de espacio. Ya el hecho de no tener un lugar donde guardar mis herramientas constituía para mí un problema, máxime que hubiera un animal conviviendo con nosotros. Pero ya saben cómo son las mujeres cuando algo se les pone en la cabeza. ¿Que si Andrés ayudó a Irene a convencerme? Más bien me ayudó a que yo acepte lo del gato sin chistar, porque cuando ella tomaba una decisión nada había que pudiera yo hacer para cambiarla. Podía gritar, hacerme el enfadado, no hablarla por varios días, pero al final terminaba pidiéndole perdón y convenciéndome de que lo que ella decía era lo mejor. Ya mencioné que Irene y Andrés eran muy unidos, así que no me sorprendió que se hubieran puesto de acuerdo también en este asunto. Una buena tarde llegué del trabajo más temprano de lo habitual porque me habían mandado buscar con el pretexto de que había ocurrido algo en casa, había sido Irene quien llamó a la intendencia, y me encontré con que tenía que ir a la casa de alguien a buscar algo que no quisieron, ni ella ni él, decirme qué cosa era. Cuando ella me dio anotada la dirección a la que debía ir enseguida me pareció familiar. Claro, por más que quisiera no podía recordarla; no podía recordar por qué me sonaba conocida. “Dante 675”, decía en el papel. Hasta que unas cuadras antes de llegar al lugar, algo, un ruido creo, me hizo acordar del cartelito que decía que se obsequiaban gatitos recién nacidos. “TODOS MACHOS”. Y ahí estaba Custer, en el interior de una caja de cartón con otros diez gatos de su misma edad, maullando todos a un tiempo, locos de hambre y llenos de pulgas. Cogí uno al azar (creo, porque a veces pienso que su mirada era muy distinta a la de sus hermanos, sus ojos negros me daban y me dan una extraña sensación de vacío), recuerdo que entraba en la palma de mi mano, y se lo di a su dueña. La mujer, una anciana de aspecto repulsivo, sucia y mal oliente, las manos negras de costra, lo colocó adentro de una franela y, antes de entregármelo, me dijo: «Nació hace ocho días, el 16 de agosto a las nueve y cuarto de la mañana». Y fue un dieciséis de agosto, ciertamente, que nuestro hijo entró a trabajar en esa condenada compañía telefónica. Llegué a mi casa teniendo una sensación de comezón en cada parte de mi cuerpo. El gato envuelto en la franela mugrienta, maullando sin cesar, lo hizo durante los treinta y tantos minutos que duró el viaje de vuelta en colectivo (al punto que pensé que me forzarían a bajar antes de mi parada). Se lo di a Irene, quien enseguida se puso a mimarlo y a decir lo hermoso que era, y le dije: «Para mañana lo quiero fuera de esta casa». Pasó mañana, pasó pasado, pasaron los meses, incluso los años. El resto es historia conocida.

Por fin llegó el momento de volver a ver al doctor X. Hacía dos meses que venía trabajando sin problemas. Cuanta changa aparecía, la tomaba. Irene se preocupaba a veces, como no podía ser de otra manera, pero en cierto modo ella también había llegado a pensar que mi espalda se había curado. No había nada que me hiciera creer que podía no ser así. Hasta ese día en que pegando ladrillos en el muro que construía en la casa de un vecino me agaché a recoger el balde con el mortero y ya no pude enderezarme. Lo primero que sentí fue un pinchazo agudo en la parte lumbar de mi espalda, que se extendió enseguida hacia el cuello y las extremidades, todos los dedos de la mano izquierda se me quedaron agarrotados y no pude soltar el balde, que de un instante al otro me pareció cien veces más pesado; fue tan fuerte el dolor, que sentí como si fuera a desmayarme. Cuando quise voltear la cabeza para ver si el señor o la señora Martínez estaban en casa, caí de lado sobre la pila de ladrillos, lacerándome el rostro y los brazos. Me encontraron casi una hora después, semiinconsciente, con un montón de ladrillos sobre el cuerpo y todo sucio con el mortero.

– No le diga nada a Irene – fue lo primero que dije a quien sea que me haya encontrado, antes de perder el conocimiento. Después supe que fue la señora Martínez quien lo hizo, dueña de casa, y que Irene ya sabía lo que me había ocurrido y que estaba en la calle esperando la ambulancia. « ¡Qué suerte! Qué suerte que estaba inconsciente», me digo cuando pienso en aquellos tiempos, porque no soportaría el recuerdo de los curiosos rodeando la ambulancia y tejiendo mil conjeturas de lo que había ocurrido.

Soy de los que afirman que cuando hay un accidente la gente se amontona en el lugar para de alguna manera satisfacer su apetito por lo morboso, más que para ayudar.

– Tuviste suerte – me dijo Irene aquella vez –. Dice el doctor que te salvaste por un pelo de quedar inválido, por ahora…

Y a partir de aquel entonces tuve que olvidarme del trabajo, porque el simple hecho de caminar me demandaba un esfuerzo enorme. Luego de haber estado en el hospital por casi una semana, volví a casa en silla de ruedas. Cuando me bajaron de la ambulancia tuve que aguantar la mirada lastimera de más de uno. Nadie se acercó a preguntarme cómo estaba y si podría volver a caminar, porque Irene, a sabiendas de lo que yo opinaba al respecto, había preparado el terreno hablando con los vecinos.

Recuperarme…

(¿?)

…me llevó un mes. Tenía que valerme de un bastón no sólo para caminar, sino también para pararme. Eso me cambió radicalmente el carácter. Primero porque, en principio, tenía que pasarme el día encerrado adentro de casa, pues no toleraba estar más de uno o dos minutos de pie, y jamás habría aceptado salir a la calle en la silla de ruedas. Segundo porque sabía que a partir de allí nuestras vidas ya no serían las mismas. Irene evitaba ponerse a conversar conmigo, creo que porque temía que yo tocara ciertos temas. Me dolía muchísimo saber que no podía satisfacerla. Pero también porque me echaba la culpa de que yo estuviera en ese estado. Hoy le doy la razón. Así es que iba desde la cocina al cuarto y del cuarto al lavadero sin detenerse ni un minuto en la sala, que es donde yo pasaba la mayor parte del día, cuando no estaba durmiendo, mirando televisión. Cuando el dolor empezó a ceder comenzó a gustarme estar más tiempo en casa. Custer se había transformado en cierto modo en una compañía, en parte porque Irene ocupaba todo el día en los quehaceres de la casa y en tejer, y porque Andrés volvía a casa de la universidad nunca antes de las ocho de la noche. Tres meses después de que me ocurriera lo que me ocurrió en casa de los Martínez, volvimos a ver al doctor X.

– Lamento darle esta noticia – dijo, con cara de compungido, aunque no me pareció sincera su actitud –, pero su columna no tiene arreglo. Tiene un pinzamiento. Eso es grave. De ahora en adelante le aconsejo que se cuide, no esté más de treinta o cuarenta minutos parado, porque le aseguro que si lo hace lo va a sentir.

Y no se equivocó.

Cuando acabamos nuestros ahorros las cosas empezaron a ponerse turbias, y Andrés se vio en el apuro de dejar la universidad y buscar un trabajo. Por supuesto que no hubo dolor más grande para nosotros que nuestro muchacho tuviera que dejar de estudiar para ayudarnos. Irene nunca lo dijo, pero sé que siempre me echó la culpa por eso. Incluso pasamos necesidades, hasta que él consiguió el trabajo de auxiliar en la empresa telefónica.

Ese fue otro cambio para nuestras vidas.

Tuve que acostumbrarme a que Irene descuidara las otras cosas para poder ocuparse de nuestro hijo, que salía de casa a las seis y media de la mañana y regresaba tarde, muy tarde por la noche, en ocasiones a medianoche, porque recordarán que mencioné que cuando empezó a trabajar pudo retomar las clases de Derecho. El primer día de trabajo suyo fue excepcional. Diría que le resultó agradable y hasta placentero. No dejo de reconocer el valor que tuvo nuestro muchacho para hacer frente a la situación, porque no debe haber sido sencillo para él tener que cambiar su vida de la noche a la mañana (no lo fue para nosotros), pero cuando hubo que trabajar no lo dudó ni un solo segundo. Como yo tampoco dudé de que llegado el momento no nos fallaría. A veces me pregunto si alguna vez él habrá querido reprochármelo.

Es algo que me preguntaré por el resto de mi vida.

Su primer día de trabajo fue como su primer día de escuela. Nos levantamos Irene y yo a la misma hora que él, ella le preparó el desayuno y yo le di algunos consejos que creí le serían de utilidad, como que tratara de llevarse bien tanto con sus compañeros de trabajo como con el capataz, que demostrara voluntad al hacer las cosas y que no tuviera miedo de decir no sé, y lo despedimos en el zaguán de nuestra casa. Fue el día más triste de mi vida. Aún no salía el sol pero se notaba que iba a ser un día nublado. Había encendido la radio para escuchar el adelanto de las noticias y el pronóstico del tiempo anunciaba lluvias torrenciales para todo el fin de semana.

«Otra muerte en la construcción», fue el titular que supuse sería la noticia de la semana.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

– Andrés – le dije mientras todavía no llegaba a la vereda –, no tengas miedo de exigir las medidas de seguridad…

Sonrió, como diciendo: «Te quiero, papá».

Yo también sonreí, abrazado de Irene.

Después que Andrés salió y se perdió a la vuelta de la esquina para ir a la parada del colectivo, sentí como si la casa hubiera quedado vacía. Irene no dijo nada, pero creo que ella también sintió lo mismo, porque por primera vez en años, y hacía muchos que estábamos juntos, se permitió despreocuparse por sus tejidos y por los quehaceres de la casa, y se quedó sentada en el living esperando quién sabe qué. En el diario también estaba la noticia del muchacho muerto en un accidente en la construcción, tenía veintitrés años y había caído al vacío desde un piso treinta. El sindicato anunciaba fuertes medidas de protesta, porque al parecer la empresa constructora no suministraba los implementos mínimos obligatorios para dar garantías a la vida de los trabajadores. Probablemente algo bueno resultaría de todo eso, porque que eran un sindicato fuerte, lo eran. Yo lo sabía muy bien. Es más, y aunque nunca trabajé en empresas grandes, sino que lo hacía por mi cuenta, cada vez que el sector proponía un paro, yo lo cumplía. “Pobre muchachito”, pensé. Se llamaba Esteban Ibarra. Me dije que Esteban también tendría un padre y una madre, como nuestro Andrés; y seguramente sus padres estarían sufriendo lo inimaginable. Mientras yo leía el diario sentado en el living de mi casa ellos estarían llorando tirados en su cama. O quizás abrazados de su hijo, yerto en un cajón de madera barata, que era todo cuanto la industria cubría en aquellos tiempos de los gastos funerarios. El cajón y el traslado hasta el cementerio. Lo demás, lo más costoso, corría por cuenta de los deudos. Quizás tuvieron que salir a pedir plata prestada para cubrir esos gastos. Mientras Irene volvía a la realidad y ya se ponía a preparar los enseres de cocinar, yo especulaba que tal vez ése había sido también el primer día de trabajo de Esteban, y que sus padres, igual que nosotros, no querían que su hijo tuviera que trabajar. Esta idea me puso algo ansioso. Tuve ganas de salir corriendo de mi casa e ir adónde estaba nuestro muchacho. Pero la espalda adolorida no me dejaba moverme más que para ir al baño o para ir de la silla al sillón.

Pensé en decirle a Irene que abandonara lo que sea que había empezado a hacer y que fuera a buscarlo. Pero… ¿qué iba a decirle? ¿Que había leído la noticia de la muerte de Esteban Ibarra y tenía miedo de que a Andrés le ocurriera lo mismo? Era una locura. Entonces le pregunté si él le había dejado un número adonde poder llamarlo. «No», dijo ella. Por supuesto que no, ¿qué número iba a dejar?, si el trabajo de él era en la calle, en el cableado. « ¿Por qué?», preguntó Irene. Le dije que simplemente preguntaba por si había que avisarle algo. « ¿Algo como qué?», preguntó esta vez. No respondí, al menos no con palabras, nada más levanté los hombros y traté de enfrascarme en otra cosa. Pronto en el aire de la casa empezó a sentirse un aroma a tomillo. «Mmm», me dije. Irene estaba cocinando el guiso de pollo y verduras que tan bien le salía. Era una receta criolla que en realidad ella había aprendido de mi madre; aunque debo sacarme el sombrero ante el guiso de Irene, no sé si era el tomillo o los tallos de perejil picado, pero sabía darle un sabor especial que mi madre nunca logró.

Tampoco sé si alguna vez se lo propuso.

Ya era casi mediodía y nadie había llamado al zaguán. En algunas horas más nuestro hijo regresaría a casa y yo dejaría de pensar estupideces. Desde la sala podía ver a Irene en la cocina, sacando los platos del armario para pasarles un repasador. Ese era el trabajo de Andrés. Custer se paseaba entre las piernas de Irene, olfateando la comida. De buena gana le habría dado un bastonazo, ¿qué digo?, le habría dado una buena cantidad de bastonazos. Nunca me agradaron los animales adulones, y en eso los gatos son especialistas.

Jamás supe si lo hacía porque era realmente así, o para darme fastidio.

“Maldito gato”, pensé.

Comimos en silencio. Sé que ella se preocupaba por Andrés.

El guiso no estaba tan rico como otras veces.

El noticiero del mediodía volvió a pasar la noticia de la muerte de Esteban Ibarra.

– ¿Guardaste para Andrés? – pregunté.

Ella me miró y siguió comiendo, con tanto o más desgano que al comienzo. ¡Por supuesto! Claro que le había dejado comida enfriándose en la cacerola, sólo a mí se me ocurría preguntar semejante disparate. Él, para nosotros, era todavía un niño. Admito que muchas veces discutimos, él y yo, y que cada vez que lo hacíamos yo le decía que ya era un hombre y que se comportara como tal. Pero claro, ¿quién no pelea con los hijos? La última discusión la habíamos tenido una semana antes de mi accidente en la casa de los Martínez. Fue por algo sin sentido, por un gol de Ferro que alguien había hecho en los años ‘70. Alguna vez llegué a pensar que los dos teníamos carácter fuerte. Supongo que sería algo que llevábamos en la sangre, porque yo también discutía con mi padre, y quizá más a menudo de lo que Andrés lo hacía conmigo. Miré la hora, eran las dos y media. Irene lavaba los trastos. « ¿Qué habrá comido Andrés?», me pregunté. “Cierto”, enseguida recordé que Irene le había preparado un bol con dos milanesas al pan y una manzana al horno. A él no le gustaba ese postre, ella lo había olvidado, pero la comería de todos modos para no hacer sentir mal a su madre. Saqué cuentas de que a nuestro muchacho le quedaban dos horas y media de trabajo. Eso era mucho tiempo. Me dije que cuando volviera le pediría que renuncie a ese trabajo, no quería que mi Andrés se convirtiera en otro Esteban Ibarra. De pronto sonó el teléfono y sentí un sobrecogimiento aterrador. Las malas noticias, me dije, siempre se dan por teléfono. No atiendas Irene, quise gritar, no atiendas ese teléfono del demonio, por favor te lo ruego. Sentí los pasos de ella yendo hacia la sala. Por más que lo quise, no me atreví a mirarla. Sentía como si tuviera el corazón palpitante en la garganta. Tuve un mareo y ganas de vomitar.

« Hola », dijo ella.

En ese momento contuve la respiración. El corazón me latía tan fuerte que pensé que de haberlo querido habría podido escupirlo por la boca.

« Hola », repitió Irene.

– Debe ser alguien que no tiene nada que hacer – dijo cuando colgó y pasó junto a mí.

Fue cuando sentí que el mundo se me venía encima. Algo le había pasado a nuestro hijo, pensé. «Algo le pasó a Andrés y no se atrevieron a decírselo a Irene», me dije. « ¿Era un hombre o una mujer?», le pregunté. Me dijo que no le habían hablado, pero que había sentido que alguien respiraba al otro lado de la línea. Reflexioné un instante y me dije que teníamos que llamar a la telefónica, para saber qué ocurría con nuestro hijo, pero no quería preocuparla.

Pero algo tenía que hacer…

Entonces empecé a intranquilizarme por el zaguán. Supuse que en cualquier momento alguien vendría a darnos la mala noticia. Tal vez un representante de la compañía. O tal vez un simple mensajero.

“¿Por qué se tardan tanto?”.

Miré otra vez la hora. Tres menos veinticinco. ¡Por Dios! No pasaba nunca la hora. Hasta el tiempo jugaba en contra mía. Tenía que hacer algo para dejar de pensar. Puse la radio, pero enseguida la apagué por temor a que pasaran… « ¡No puede ser!», me dije. Hablé tan fuerte que Irene vino hasta la sala y me preguntó que era lo que no podía ser. La contemplé un instante antes de contestar. Sabía que ése era el momento de decirle lo que ocurría… Pero… ¿qué? ¿Qué ocurría realmente? De lo único que tenía certeza era de la idea que se había formado en mi mente, producto de mis miedos. No podía decirle a Irene qué era lo que pasaba por mi cabeza. Aunque tampoco podía quedarme, allí sentado, con la televisión encendida frente a mi mirada perdida, sin hacer nada. «Nada», repuse, «estaba viendo un partido y acaban de hacer un gol estúpido». Me preguntó quién era que jugaba y le dije que dos equipos cualquiera. Cuando Irene terminó en la cocina y vino a la sala eran las tres y media de la tarde. “¡Por Dios!, en menos de dos horas vamos a saber la verdad”, pensé cuando ella se sentó a mi lado.

De alguna manera su presencia me devolvió la calma que había perdido.

Ahí supe que únicamente restaba esperar, que de eso se trata la vida.

Sólo entonces logré serenarme.

Sabía que todo era cuestión de tiempo. Total, ¿qué apuro había por saber la verdad?

De pronto alguien llamó al zaguán…

Eran las cinco y cuarto.

“No abras, Irene”.

“No abras”.

“No…”.

Ella giró el picaporte…

Sentí que el corazón se me detenía, todo me giraba.

…y ahí estaba él, cansado, después de su primer día de trabajo. Tuve ganas de ponerme a llorar, y realmente lo hice, muy sutilmente pero lo hice, aunque ellos se dieron cuenta.

Entonces me prometí no volver a pensar pavadas, porque no hay peor cosa en la vida que adelantarse a los acontecimientos; lo aprendí aquel día.

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