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Home Culturales Cuentos Inéditos El tirante de pino
Jueves, 05 Febrero 2009 14:58

El tirante de pino

  George W. Kennedy
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Se presentó en mi casa un sábado de intenso frío poco antes de las once de la noche. Antes de saludar me dijo que tenía sueño. Después me preguntó si estaba listo. Le dije que sí, y de inmediato agregué:

– Aunque si me das un minuto voy hasta el baño. Sin que se lo preguntara me explicó que su hermano se había llevado la bicicleta y que por eso debió permanecer en su casa más tiempo del que tenía previsto, que por eso se había retrasado, añadió. El otoño recién comenzaba, pero ya nos prometía un invierno inclemente. Los árboles iban perdiendo lentamente sus vivos colores diseminando sobre el paisaje pequeños cúmulos de hojas muertas. Sin embargo, a pesar del frío, todavía se escuchaba el trajinar de la gente en la calle.

Estuvimos conversando un rato sentados en el muro de mi casa. Por alguna razón decidimos hacer algo de tiempo antes de salir. Un ladrillo se desprendió del antepecho y fue a dar al piso de la vereda cuando trepé hacia la parte más alta del paredón. Mamá se asomó por la ventana y me dijo que me bajara. Más tarde entramos en la casa y lo invité a que tomara asiento. Mamá nos miró con cara de desconfianza.

– Guardá la bicicleta en el patio – le sugerí cuando aún estábamos en la vereda.

– Ahí está bien – dijo él, ajeno a mis consejos.

– Te la van a robar – le advertí –. Conozco esta calle desde que tengo memoria.

– Y yo conozco la ciudad – dijo soberbiamente, estirando el mentón hacia delante como un compadrito del ‘900 –. Todo el mundo sabe que ésta es mi bicicleta, y hasta ahora nadie se la ha llevado – comentó, intentando derribar cada uno de mis argumentos –. De más está decir que siempre la he dejado tirada. ¿Quién se va a llevar lo que no es suyo? A propósito... ¿vos la viste bien? Está hecha pedazos – completó con un tonillo sardónico.

Una vez adentro, y habiendo logrado evitar la mirada furtiva de mamá, nos sentamos a la mesa y serví dos tazas de té caliente. Prendí la tele sólo para comprobar que no daban nada interesante. La cara de mi madre me ponía nervioso. Algo más había, pensé. Me pareció que algo estaría sospechando. Lo decían sus ojos y el carácter de su boca. Seguimos hablando hasta que fueron casi la dos de la madrugada. Había una luna clara y enorme, una luna limpia, como dicen los viejos, que daba la sensación de estar cayendo sobre la ciudad de una manera salvaje. Algo provocó que mirase de pronto el almanaque que había colgado en la puerta de la heladera, sábado trece decía con letras pequeñas.

– La calle está llena de gente – observé de repente.

Él me miró, sin adivinar probablemente el significado de mi comentario. Entonces le dije que andaba demasiada gente, que alguien podría vernos y que podríamos meternos en problemas.

– Vos no te preocupes – dijo.

– ¿Y si justo cae la policía?

– Imposible – repuso Oscar con notable seguridad –. ¡Imposible che!

Oscar era el nombre de mi amigo. Era negro y alto. Tenía los ojos alargados y la cabeza rapada. Hablaba con un acento fronterizo que le daba cierta simpatía a su rostro demacrado.

– ¿Qué te hace estar tan seguro de eso? – pregunté.

– Que no es la primera vez que voy a la casa del tipo – repuso.

– Igual es una posibilidad – añadí.

– No tenés que preocuparte – repitió –. Es normal que sientas miedo, es tu iniciación. Vas a ver que después de hoy nada te detiene. Por primera vez en tu vida vas a sentirte el dueño de vos mismo.

– ¿Y...? – alcance a decir antes de que él me interrumpiese.

– Ni lo pienses – dijo –. Le aseguré al tipo que íbamos a ir hoy. Le pedí por favor que nos guardara aunque sea un poco de “merca”, y le aseguré que teníamos la plata desde hacía varios días. No quiero fallarle.

– En ese caso... – admití.

– Ahora me gustó más – dijo, sonriendo y palmeándome la espalda.

Decidimos esperar un rato más, pues aún se escuchaba el sonido de los autos y conversaciones lejanas. Mi madre se dio por vencida y se fue a dormir.

– Acuéstese temprano mijo – me dijo antes de irse a la cama.

Asentí, aunque le dije que antes iba a dar una vuelta por el centro, y quizás tomaría una cerveza. Me dio diez pesos, contemplándome de un modo que me hizo sospechar cierto temor de madre pululando más allá de su mirada. Dos años tardé en comprobar y justificar la existencia de aquel temor. Cuando finalmente salimos a la calle eran las tres de la mañana. Un viento glacial silbaba bajo el porche de mi casa. Estuvimos un rato en la vereda de enfrente bebiendo un poco de vino. Un vecino se acercó de repente con un par de cervezas. Tomamos en silencio. Cuando acabamos de beber el vecino se marchó taciturno.

– ¡Carajo! – vociferó de pronto Oscar.

Lo miré mientras con lentitud se incorporaba del cordón de la vereda, sin entrever la razón de sus protestas. Cruzó la calle estirando los brazos a ambos lados de su cuerpo. Su comportamiento no dejaba de sorprenderme. De pronto me di cuenta de lo que había sucedido, e inmediatamente después sentí unas ganas enormes de reír. A Oscar le habían robado la bicicleta. En un momento dado llegó a decir que alguien, sólo por molestarlo, se la habría ocultado; e incluso tuvo el tupé de insinuar que su hermano, quien habría pasado por allí mientras estábamos adentro de casa, se la había llevado con el único propósito de causarle problemas.

– ¡Qué desgraciados! – exclamó de repente –. ¿Me pregunto quién querría robarse esa porquería?

– Alguien que necesite la plata – argüí –, no será mucho pero cien o ciento veinte pesos le pueden sacar. Son tres fasos por lo menos.

Oscar eligió quedarse callado. Cualquier cosa antes que decirme:

« Tenías razón ».

– Te lo dije – expresé de todos modos, aún sabiendo que era esta la frase que él jamás hubiera querido oír.

– ¡Para colmo de males vivo en el traste del mundo! – protestó esta vez –. Mi padre me va a matar, esa bicicleta era de él. Tuve que rogarle más de media hora para que me deje traerla. El lunes cuando salga para el trabajo se va a acordar de mí.

– Hay gente para todo – dije, refiriéndome al ladrón.

Cuando por fin logramos superar el melodrama de la bicicleta el reloj marcaba las cuatro menos cuarto de la mañana.

La calle parecía poblarse cada vez más. Permanecimos inamovibles en la esquina de mi casa sin decirnos gran cosa, como suelen hacer los amigos durante sus extensos tiempos de ocio. De pronto supe que estábamos hablando fuerte. Pensé en decirle a Oscar que no gritase. Pensé en proponerle apartarnos de la esquina. Pero inesperadamente para ambos mi madre sacó su rostro por el vano de la ventana y de mala manera nos dijo:

– ¡¡Che!! Déjense de jorobar y vayan a hablar a otro lado que tengo que madrugar. Yo trabajo hasta los domingos. Así que respeten un poco, ¡manga de vagos!

Debo ser honesto y admitir que sentí un poco de vergüenza. Era la primera vez que mamá me hablaba de ese modo en presencia de alguien. Enseguida me di cuenta de que estaría cansada, pues de lo contrario jamás me habría tratado de vago. Oscar ni siquiera se inmutó. Dio la sensación de que estaba acostumbrado a que lo llamasen de esa manera. En realidad lo era, era vago, pues se pasaba todo el día en la calle. Aunque en ocasiones llegué a envidiar su libertad, y nunca renegué de preguntarme por qué razón mamá no confiaba en mí como los padres de Oscar lo hacían con él. No obstante no deja de ser un misterio para mí el motivo que nos llevó a ser tan amigos, porque éramos diferentes en el más amplio sentido de la palabra. Esperamos un poco más, en silencio y sentados sobre el muro de ladrillos. Eran las cuatro y media cuando le pregunté:

– ¿Queda lejos?

– Seis cuadras, más o menos – contestó.

– Vamos – dije, apeándome del paredón.

– Vamos – dijo él.

– ¿Para afuera o para el centro? – pregunté ahora.

Entonces me miró sorprendido, algo de incierto había en aquella mirada.

– Para el centro – repuso a voz en cuello –. ¿No te acordás? La semana anterior pasamos por ahí. La casa verde con ventanales de aluminio que tanto te llamó la atención. Dicho esto me acordé de cuál era la casa hacia la cual nos dirigíamos. Recordé también que habíamos cruzado por allí dos o tres veces entre el martes y el miércoles de la semana anterior. Supongo que los nervios de aquella noche no me dejaban pensar con claridad.

De alguna manera sentí que lo que estaba a punto de hacer no estaba bien. En menos de lo que dura un suspiro mi mente se vio atacada por los recuerdos de mi madre. Sentí incluso el tedio que me causaban sus sermones. Pensé en mí y en la batalla que estaba dando a mi propia voluntad. Jamás me pregunté por qué lo estaba haciendo. Creo que de habérmelo preguntado no lo habría hecho, mi vida habría tenido un desenlace muy distinto al que ahora vislumbro. En aquel entonces sólo podía ocuparme de los próximos treinta minutos. He dicho que a mi madre no le agradaba Oscar. No era necesario que lo dijese, fácilmente se notaba en la transformación que sufría su rostro cada vez que él entraba a nuestra casa, o cuando nos poníamos de acuerdo para salir al día siguiente, o cuando nos sentábamos al cordón de la vereda a escuchar los temas de La Renga, o… Siempre que mamá tenía intenciones de exteriorizar sus sentimientos acerca de mi amistad con Oscar abordaba el asunto con una tolerancia casi celestial. Empezábamos hablando de mis estudios y terminaba dándome un sermón de cómo se debe andar por los caminos de la vida. – ¿Y vos dónde lo aprendiste? – le pregunté una vez, con un sarcasmo del que ahora me avergüenzo. Dos veces me levantó la mano en toda mi vida, y ésta fue una de ellas. Con Oscar nos conocíamos desde hacía más de tres meses, y desde entonces supe que seríamos buenos amigos. Mamá nunca pudo entender que con Oscar me divertía. Muchos buenos momentos los pasé con él. – Son como el agua y el aceite – me decía ella.

– Supongo que él es el aceite – argüí –, vive más afuera que nosotros y…

– No – aseveraba mamá –. Lo digo de esa manera para que te des cuenta de lo distintos que son. Nosotros también somos pobres.

– Si todos fuésemos iguales el mundo no sería mundo – contesté.

– Mirá mijo – repuso ella, elevando el tono de su voz –, no te me vayas por las ramas, estoy hablando en serio, sabés muy bien a qué me refiero.

– No. No sé – objeté categóricamente.

– ¡¡A que ése es un vago!! – gritó entonces –. Y vos, pedazo de anormal, vas por el mismo camino. Así que andá sabiendo que yo no alimento vagos. Pensá muy bien en lo que querés, porque te va quedando poco para cumplir los dieciocho. Mirá que no voy a dudar en meterte de milico, porque acá de mantenido no te vas a quedar. Y así terminábamos cada vez que a ella se le ocurría ponerse a conversar sobre Oscar. Si en algo debo darle la razón es cuando me decía que siempre que yo salía con Oscar hacía cosas que de otro modo ni siquiera me atrevería a imaginar. Aunque también es cierto que yo buscaba su amistad para hacer estas cosas a las que mamá tanto se refería. Ella poseía la virtud de ver en mi rostro lo que sea que pretendiese yo ocultarle. Algo de bruja debe haber en ella, pensé entonces, porque aquella misma noche, antes de que Oscar llegase, mirándome a los ojos, me dijo:

– Mirá mijo, yo sé que andás en algo. Me gustaría saber en qué. ¿Por qué no hablás conmigo?

– ¡Yo no ando en nada! – fue lo primero que dije, haciéndome el sorprendido, y de inmediato pregunté:

– ¿En qué querés que ande?

– Yo no quiero que andes en nada – comentó ella, y enseguida, alzando la voz como ya era su costumbre, añadió: – Y mucho menos con ese vago, mirá que uno de estos días va a terminar en la cárcel, y vos vas a caer con él.

– Hasta donde yo sé – repuse con ironía – nadie va a la cárcel por vago, y mucho menos... – alcancé a decir antes de que ella se pusiese de pie y se abalanzase sobre mí con una rapidez asombrosa. Pensé que iba a golpearme, realmente lo pensé, incluso creí ver su mano levantándose por encima de sus hombros, pero en vez de eso puso sus dedos sobre mis labios silenciándome de inmediato.

– No digas nada de lo que después te puedas arrepentir – sabiamente me dijo, susurrándome al oído –. Y no te hagas el vivito conmigo, porque cuando vos vas yo vuelvo. Lo único que sé es que con esa actitud no vas a llegar a ningún lado.

– Pero yo no me hago el vivo mamá – dije luego de un rato – Lo único que quise decirte es que Oscar no hace nada malo – expliqué.

– ¡Hay mijo! – suspiró mamá –. La vida no es todo lo que ves pasar frente a tus ojos. Yo también tuve tu edad, es por eso que te digo todo esto, porque sé lo que viene después. Cuando te des cuenta de cómo son las cosas va a ser tarde, y te vas a pasar el resto de tu vida emparchando tus propios errores. Lo único que deberías tener en cuenta es que en la vida hay que tener prioridades – concluyó.

Creo que jamás se va a olvidar de cuando respondí:

– Si seguís pensando de ese modo, cuando quieras acordar vas a estar postrada en una cama y la vida se te habrá ido en prioridades. Sólo cuando terminé de hablar y levanté la mirada supe lo crueles que habían sido mis palabras. “Me mata” pensé en el acto. Ella enmudeció de pronto. El blanco de sus ojos se tiñó de colorado. Sin decir una sola palabra se encerró en su cuarto y al dar el portazo hizo temblar la casa entera. A las cinco menos cinco de la mañana llegamos a la casa del tipo. Nos quedamos afuera unos instantes, para cerciorarnos de que nadie nos haya visto, antes de llamar a la puerta. Oscar dio tres golpes a la aldaba de bronce y esperamos allí más de dos minutos sin apartar nuestros ojos del picaporte.

– Vamos – dije de pronto –, parece que acá no hay nadie.

– Sí hay – dijo él –. No hables y esperá, demoran en abrir la puerta.

Al cabo de otros dos minutos Oscar volvió a llamar. La puerta se abrió de repente, era prodigiosamente silenciosa. Nos atendió una mujer desaliñada, de aspecto enfermizo, que no habría de tener más de veinte años. Fumaba un cigarrillo armado cuyo aroma me hizo acordar al tabaco negro de mi abuelo. Su mirada parecía no tener expresión. Tenía la cara rígida y el sonido de su voz daba la sensación de salir desde adentro de un pozo.

– Pasen – dijo –. Van a tener que sentarse y esperar un rato.

– Estamos un poco apurados – dijo Oscar con voz trémula.

– Ése es su problema. No me interesa, agradezcan que los dejamos entrar – repuso la mujer –. Así que si quieren lo suyo van a tener que aguantarse. Nos miramos, estrechándonos de hombros, y asentimos. La mujer nos condujo por un pasillo en penumbras hasta un pequeño patio interior. Allí, bajo la copa de un ciprés, había un banco de madera en el cual nos sentamos a esperar. Oscar protestó en voz alta porque se ensució el vaquero con un excremento fresco de paloma.

– ¡Bichos de porquería! –, vociferó, parándose velozmente –. Vamos para aquel otro lado que ahí arriba debe estar lleno de palomas – agregó, apuntando con la mirada hacia la copa del ciprés. Nos sentamos justo enfrente, contra la pared y sobre un escalón de ladrillos. Bastó que prestásemos oído para que se oiga el arrullo de las palomas. Oscar miró con desagrado hacia la parte más frondosa del árbol. Por un breve momento olvidé que me encontraba en la casa del tipo. Un raro sentimiento de paz invadió mi alma. Me pregunté qué hubiéramos hecho con la bicicleta de Oscar de haberla llevado con nosotros como el quería, porque no habrían permitido que la entrásemos en la casa. Estuve por sacar el tema pero enseguida recordé que se la habían robado y pensé que lo juzgaría como una tomada de pelo. Una risa quebrada surgió de pronto desde el interior de la casa, no fue un sonido agradable. De repente sentí la necesidad de saber si yo también iría a reír de ese modo. Me pregunté qué cara pondría mamá de verme en aquella casa, con Oscar, sentados en la penumbra de la noche, bajo un cielo de luna llena, esperando para drogarnos. Oscar tarareaba una canción de nuestra banda favorita. El sonido apenas llegaba a mis oídos. Se veía tranquilo, aunque sus ojos manifestasen todo tipo de sentimientos.

– A ver ustedes, vengan – dijo la mujer –. Hace rato que los ando buscando. ¡Vengan!

Eran las cinco y media de la mañana. El tipo estaba sentado en un enorme sillón de madera ubicado en el centro de una pieza oscura en la que no había ventanas de ninguna clase. En una de las esquinas había una chimenea que daba la sensación de no haberse encendido en años. Una brisa glacial se filtró detrás de nosotros.

– ¡Cierren esa puerta! – nos ordenó el tipo.

Me llamó la atención su voz, parecía dócil y sensible. Aunque los gestos que empleaba al hablar revelaban una autoridad sorprendente. Hablaba sin mover la boca, era como si el sonido saliese de su estómago.

Nos hizo sentar y, sin mirarme, se dirigió a Oscar.

– ¿Quién es este flaco?

– Es mi amigo. No pasa nada – contestó Oscar.

– Pero yo a vos te dije bien clarito que no traigas a nadie. Y mucho menos sin antes avisarme. Date cuenta de que yo no lo conozco... – dicho esto Oscar quiso interrumpirlo para explicarle algunas cosas, pero el tipo lo hizo callar con un gesto de la mano.

– No me interrumpas – dijo –. Jamás vuelvas a interrumpirme. ¡Jamás! Vos sabés cómo funciona esto – prosiguió diciéndole a Oscar, bajando a su tono original –, y no es nada contra vos – me explicó, viéndome a los ojos, y luego volvió a dirigirse a mi amigo –, pero yo no puedo darme el lujo de confiar en los amigos de otros.

– Te juro que no va a volver a pasar. No me di cuenta. Estuve mal. Fue una estupidez de mi parte. Sé que estuve mal. Te pido que me perdones, Manolo – suplicó Oscar.

– Está bien – dijo el tipo –, por esta vez me voy a arriesgar. Pero andá sabiendo que si algo sale mal es a vos a quien voy a buscar.

Oscar asintió pródigamente, callado.

– ¿Cómo te llamás flaco? – me preguntó Manolo.

Le dije mi nombre tan rápido como me fue posible pronunciarlo. Luego respondí a un breve cuestionario personal. No dudé en contestar a sus preguntas, porque sabía que Manolo me estaba ofreciendo su confianza. Había oído hablar de él varias veces en el liceo, y siempre lo había imaginado como a un sujeto hosco e incluso desagradable. Fue un alivio para mí encontrarme con una imagen distinta de la que íntimamente me había creado de él. Me pareció un tipo simpático.

– La plata – dijo luego, estirando su mano abierta hacia nosotros, quizá con demasiada formalidad.

Finalmente le dimos nuestro dinero. Ahí se me iba el ahorro de más de dos meses sin salidas y la última cuota del vaquero nuevo. Ya encontraría la manera, pensé en aquel entonces, de volver a juntar esa suma antes de que mamá fuera a la tienda. Manolo tomó nuestro dinero y lo contó frente a nosotros, sin apuro. Oscar lo miraba ansioso. Cuando por fin terminó de contabilizar dobló los billetes con sumo cuidado y se los guardó en el bolsillo de la campera. Fue la última vez que vi mi dinero. Jamás había gastado tanto y tan rápido como hasta entonces, y jamás me había sentido tan bien al hacerlo. De alguna manera absurda creí que estaba comprando algo muy especial.

– Bueno – dijo Manolo –, acá tienen. Si quieren pueden usar la piecita del costado – agregó.

Apenas si bajó los párpados para despedirnos. Antes de que pudiera incorporarme me miró con sus ojos gélidos y me preguntó:

– ¿Y vos flaco? ¿Te has picado alguna vez?

Casi con vergüenza respondí que no.

– Vas a ver que te gusta – repuso él –, después de hoy no vas a querer irte de esta casa. Mirá que no es como la basura que estás acostumbrado a fumar – añadió –, con esto vas a sentir como si estuvieras volando.

Tomamos nuevamente el pasillo, sólo que esta vez nos detuvimos por la mitad. Entramos a una pieza pequeña y en penumbras. Adentro había un muchacho cuyo rostro creí reconocer. Estaba sentado en el suelo, recostado a la pared, tambaleante, descansándose sobre sus manos. Lo miré atentamente y miré también a ambos lados de su cuerpo, sobre su pierna izquierda noté que tenía una jeringa vacía. Algo de placer pude ver en sus ojos.

– Acá no – le dije a Oscar cuando el muchacho alzó la mirada y posó sus ojos sobre los míos –. ¿Por qué no vamos para la plaza?

– ¡Pero estás loco! –, exclamó él –. ¿Quién te entiende? Hoy tenías terror de que alguien nos viese en esta casa y ahora querés ir a la plaza. Si Manolo se entera de eso seguro que nos metemos en problemas. Vos andá para tu casa que yo me voy hasta la casa de Marcelo, que el otro día lo encontré en la calle y me invitó a tomar unos vinos. No tuve más remedio que decirle que a la primera oportunidad que tuviese pasaría por allí.

Una vez en la calle me sentí de un modo que me resulta difícil definir, era algo así como una mezcla de culpa y satisfacción, duda y osadía, euforia y abatimiento. Había comprado cocaína y por primera vez en mi vida la iba a probar. La ansiedad fluía por mis venas. No se trataba del faso de los fines de semana, ni de los litros de vino que con Oscar compartíamos en la vereda de mi casa. Esto era diferente, era subliminal. Oscar estaba eufórico, de no conocerlo bien hubiera jurado que no era él. Jamás lo había visto en ese estado, con los ojos radiantes, surgiéndole abundante saliva por la comisura de los labios, al borde del paroxismo. Dijo algunas palabras sueltas de las que únicamente entendí: ¡carajo! Es posible que lo haya dicho al acordarse de que le habían robado la bicicleta. Llegué a mi casa a las siete de la mañana. Mi madre desayunaba sentada a la mesa del comedor, té negro con galletitas de salvado. Algo de pena sentí por ella al verla ahí sentada, a esas horas de la mañana, lista para irse a trabajar, con la mirada cansada. De vez en cuando ojeaba un diario en cuya portada se veía una fotografía de Charlton Heston seguida de un artículo en letras pequeñas. Era un diario viejo; se lo dije a mamá.

– No importa – repuso ella sin alzar la vista –, leo por leer.

Sin detenerme pasé por detrás de su silla y continué hasta la cocina, no me tomé la molestia de oír lo que ella siguió diciéndome. Tomé un vaso de la estantería y lo llené de agua. Bebí sin respirar hasta dejar el vaso vacío, pues me moría de sed. Luego fui hasta el baño, levanté la tapa del inodoro, y evacué mi vejiga con una libertad asombrosa. Sentí cierto placer al hacerlo.

– ¿Adónde fuiste? – me preguntó mamá cuando por fin salí del baño.

– Dimos una vuelta y después entramos al baile.

– Vení. Dame un beso – dijo.

– Tengo sueño – repuse –, me voy a acostar. Son las siete y media – señalé –, se te va a hacer tarde para el trabajo.

– Mirá che, de eso me ocupo yo – gruñó ella en el acto –. ¡Y ahora vení que tenemos que hablar! – y enseguida, sin esperar a que yo pusiese mi figura frente a sus ojos, prosiguió diciéndome:

– Al final no respetás a nadie. ¿Qué pensás de la vida? ¿Hasta cuándo vas a seguir así?

– ¿Así cómo? – pregunté.

– ¿Has pensado en qué es lo que querés? – suspiró mamá, esforzándose sobremanera para no ponerse a gritar.

– Quiero estudiar – dije –. Voy a ser escribano.

– ¡Ah!, vas a ser escribano – repitió con un cinismo hasta entonces nuevo en ella para mí –. No te creas que con esa actitud vas a llegar a algún lado. Con un poco de suerte terminás como peón de albañil, que no es un trabajo para nada indigno, pero no sé si aguatarías un solo día batiendo mezcla y alcanzando ladrillos.

– Eso es lo que vos... – alcancé a decir antes de ser callado por un grito monumental.

Se hizo silencio. Ninguno dijo nada por algunos instantes.

– Andá a acostarte – dijo después, ya recuperado el aplomo –, que cuando venga del trabajo hablamos.

Recuerdo que aquella mañana me fui a la cama con la imagen del tipo diciéndome que me iba a gustar. Pensé que tenía razón. Estúpidamente lo pensé. A partir de ahí mi vida cambió vertiginosamente. Lo que comenzó como un juego terminó siendo una pesadilla de la que aún no he podido despertar. Y tengo dudas de poder hacerlo algún día. En menos de lo que tarda una estrella en surcar el cielo, así de rápido, me vi liado a un círculo vicioso que no ha hecho más que menoscabar mi vida y la de mi madre. La droga me atrapó; aunque a veces pienso que yo me dejé atrapar. En casa ya no queda nada, vendí o canjeé lo poco que teníamos. Manolo me dio dos gramos de merca a cambio de la tele, pero ya se me terminaron. Mamá está desesperada, sufre, lo veo en sus ojos. Y sé que sufre por mí. Oscar ya no viene, tiene un amigo nuevo que se llama Carlos. Espero que Carlos escuche a su madre, porque hace dos días lo vi con Oscar en la casa del tipo. He llegado a un punto en el que nada queda por intentar. Debo ser cuidadoso si no quiero seguir dañando a mi madre. Sé que debo hablar con ella, la necesito y ella a mí, pero no sé cómo hacerlo. No me atrevo. ¿Qué más puedo decir? Sólo resta mencionar que mamá no era tan bruja después de todo. Miro al techo y veo el tirante de pino, seduciéndome de un modo aterrador. Se me acaba de ocurrir una salida. Y aunque sé que me estoy equivocando, puedo afirmar que después de hoy mamá va a tener la paz que tanto se merece.

Fin

En el mes del amor lo dedicamos a nuestra juventud.

Leído 1514 veces Modificado por última vez en Domingo, 06 Noviembre 2011 23:40
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