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Home Culturales Cuentos Inéditos El extraño
Viernes, 05 Diciembre 2008 14:53

El extraño

  George W. Kennedy
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Era una noche cualquiera de un invierno feroz. Recién había empezado a llover y el viento azotaba sin pausa sobre las ventanas del corredor. El reloj que había sobre la mesita de noche marcaba las diez y veinte, y no hacía mucho que nos habíamos ido a dormir. De pronto llamaron a la puerta. El primer golpe se confundió con el sonido ensordecedor de los truenos. Prestamos oído, porque sabíamos que podría tratarse de él. Nos conservamos sentados en la cama sin hacer ruido y mirándonos a la cara, con miedo, expectantes. Queríamos dejar de respirar para poder oír con mayor atención. Miramos hacia la puerta cuando escuchamos los pasos de papá y luego volvimos a vernos al rostro. El miedo nos dominaba por completo. Algo muy adentro de nosotros, un sentimiento, hacía que le temiésemos a aquel extraño que por las noches visitaba nuestra casa. Nada parecía detenerlo. ¿Quién es? ¿Qué quiere? ¿Qué tiene que hablar con papá, de noche?, nos preguntábamos. Acostumbrábamos fantasear libremente con el porqué de sus visitas. Cada cual tenía su propia explicación. Nos daba la sensación de que él y papá planeaban juntos alguna cosa, algo funesto en todo caso. Sin embargo, jamás habríamos sido capaces de imaginar lo que realmente estaba ocurriendo. Recuerdo que un día, mientras venía de la escuela, lo vi parado frente al zaguán de nuestra casa, recostado a una columna de la luz, en la esquina. Tiempo después llamaría a nuestra puerta por primera vez. Cuando me vio inclinó la cabeza y sacó un cigarrillo suelto del bolsillo de su camisa.

 

Lo encendió con una rapidez extraordinaria. Después de las primeras dos pitadas, con el cigarro entre los dientes, levantó la cabeza y miró hacia ambos lados como si estuviese esperando a alguien. Me dio la impresión de que buscaba un pretexto para evadir mi mirada. Quedé como suspendido en el tiempo. Lo observaba con desconfianza, temiendo que me saliera al encuentro cuando pasara junto a él. Me acuerdo de haber sentido un miedo terrible. Rogué porque no se sintiera desafiado. No pude pensar en nada aparte de la figura perversa de aquel extraño que no hacía otra cosa que examinarme con el rabillo del ojo.

Fue la única vez que pude verlo durante el día.

– Creo que alguien nos está vigilando – le dije a mamá ni bien entré en la casa.

– Ah – dijo ella con apatía, sentí que no había tomado en serio mis palabras –. ¿Qué te hace pensar eso? – preguntó enseguida.

– Que hay un hombre en la vereda de enfrente – respondí, y de inmediato agregué:

– Está ahí parado desde hace rato y no deja de mirar para acá.

Mamá se paralizó de repente. La cara se le desfiguró tan abruptamente que lo primero que pensé fue que iría a desmayarse. Dejó lo que estaba haciendo y salió como impelida de la cocina a mirar por la ventana de la sala. Apenas corrió la cortina y observó hacia la calle, primero con cautela, para después sacar casi todo su cuerpo por la ventana.

– No hay nadie – dijo cuando por fin regresó.

– Pero ahí había un hombre – insistí –, estaba en la esquina. Yo lo vi.

– Habrá sido cualquiera – repuso mamá.

Aquella noche la lluvia caía torrencialmente. Otro rayo volvió a estallar con una furia devastadora. La luz de nuestro cuarto se apagó y se encendió bruscamente. Otra vez llamaron a la puerta. Luego del primer golpe, sin alzar la persiana, intenté mirar hacia el porche, pero la lluvia era tan espesa que apenas se veía hasta unos pocos metros hacia adelante. Mi hermano me hacía señas para que volviese a la cama. Fue entonces cuando vi su auto, un rayo lo iluminó fugazmente. Estaba frente al garaje, muy cerca de la casa. La puerta del conductor estaba entreabierta.

Absurdamente pensé que por allí se estaría filtrando mucha agua. Esta vez me atreví a levantar la persiana y mirar con más atención. Pude ver la figura del extraño encaminándose hacia el auto. Estaba a punto de irse cuando papá apareció por detrás. Hablaron un rato afuera, protegiéndose bajo el porche de los azotes de la tormenta.

Después, cuando ésta empezó a arreciar con más ímpetus, papá lo hizo pasar. Cada vez que él entraba a la casa quedaba en el aire, en cada rincón, en cada mueble, en cada cosa que tocase, en nuestras narices, la hediondez de su colonia barata. Se oyeron algunas palabras sueltas que se confundían con el sonido de la lluvia arrojándose sobre el techo de cinc. Abrimos la puerta del cuarto cuidándonos de mantener el mayor de los silencios. Las voces nos llegaban ahora con más sonoridad, aunque sus palabras no dejaban de ser incomprensibles. Entonces salimos hasta el pasillo, nos acercamos a la escalera – porque nuestro dormitorio estaba en la planta alta – y, asidos a la baranda de madera lustrada, comenzamos a bajar muy lentamente. Debimos saltear el cuarto peldaño contando desde arriba porque tenía un clavo flojo y chillaba cuando pisábamos sobre él. Por fin llegamos a la sala. Ellos aún estaban de pie a un lado del zaguán. Bebían mientras hablaban. Bebían y departían como si fuesen grandes amigos. ¡Grandes amigos! Algo disparatado, si se tiene en cuenta que nuestro padre jamás hablaba de él. Cuando nosotros le preguntábamos por ese hombre que venía por las noches, él nos miraba directo a los ojos sin pronunciar una sola palabra y volvía enseguida a lo suyo. Su silencio, que daba a entender ciertas cosas, jamás brindó una respuesta a nuestras interrogantes. Nunca puso un nombre al rostro de aquel extraño ni sugirió un propósito sensato – sensato para nosotros, dos niños asustados en la inmensidad de la noche – a sus visitas nocturnas. Cuando pudimos ver y escuchar con más claridad, el hombre y papá se estaban dando la mano. De inmediato se despidieron en silencio. Nos habíamos escondido atrás de la biblioteca, pues un anaquel desencajado nos permitía ver casi toda la sala. El extraño parecía sujetar algo bajo su brazo, un bulto pequeño, un sobre, lo puso en el bolsillo de adentro de la chaqueta antes de partir. Un viento helado se alojó en la sala de la casa cuando el hombre abrió el zaguán. Casi no recuerdo el rostro del extraño. ¡Ese hombre! ¡Tan raro! ¡Tan perverso! No debía tener más de treinta años, aunque yo lo veía como de sesenta. Era moreno, alto, y tenía la voz atiplada.

Carecía de todo aquello que quienes vivimos en sociedad solemos llamar buenos modales, daba la impresión de ser uno de esos sujetos que a empujones se abren paso por la vida. Era muy distinto a nuestro padre. Me acuerdo de haberlo observado con sumo cuidado mientras atravesaba la sala para ir hasta el baño. Y luego cuando volvió y papá le entregó el sobre y él lo atrapó celosamente. También me acuerdo de la ansiedad que develaban sus ojos y del acento sombrío de su voz al manipular el papel amarillento para guardarlo en el bolsillo, sin mirarlo. Pero no recuerdo detalles de su cara ni otra cosa que la perfidia de sus ojos.

– Ayer se llevaron a Maidana – comentó mientras aún sostenía el picaporte de la puerta entre sus dedos. Dicho esto ambos se miraron. Había cierta complicidad en sus miradas. Papá agachó la cabeza y, a voz en cuello, dijo: – andá, Mañana nos vemos en lo del doctor Iturbide y me lo contás.

– Mejor vengo por acá – sugirió el extraño.

– Está bien – dijo papá –. Pero que sea antes de las once, no levantemos sospechas. Ahora andá con cuidado. Regresamos a nuestra habitación antes de que nuestro padre nos sorprendiese, porque sabíamos que él no toleraba esas prácticas indiscretas. Decía que era de mal educados escuchar las conversaciones ajenas. Nos parecieron extrañas las palabras de papá, pero aún más el modo en que las pronunció. Durante varios días la lluvia arreció sin pausa. No nos enteramos si el hombre vino o no al día siguiente. Las cosas en casa empezaron a darse con total normalidad. Hasta que papá mudó la imprenta a nuestra casa y el extraño apareció de nuevo. Mamá jamás hablaba al respecto. Actuaba como si no supiera de sus visitas. Cuando le preguntábamos por él, mirándonos con una ternura angelical, nos decía que no debíamos ser impertinentes pues a papá no le gustaba que nos metiésemos en sus asuntos.

– Pero los asuntos de papá son los asuntos de la familia – argüí esa vez.

– Pero esto es distinto – dijo mamá.

– ¿Por qué? – pregunté.

– Porque sí – repuso ella sin dar más explicaciones.

– Pero este hombre viene casi todos los días, siempre a la misma hora, y hablan con papá de un modo que nos asusta... – dije.

– Debe ser un cliente – señaló mamá.

– ¡Pero a esas horas mamá! – exclamé entonces.

– No veo qué tenga que ver la hora – objetó ella, como restándole importancia a mi argumento, y de inmediato, sin darme tiempo a que prosiguiese hablando, agregó:

– Tampoco veo una razón para que sientan miedo. Ese hombre es un cliente de papá y listo. Sus motivos tendrá para venir por la noche, no es algo que ni a ustedes ni a mí deba preocuparnos. Ustedes son chicos y no entienden lo que está pasando, pero la situación se está poniendo muy difícil, la imprenta tiene poco trabajo, y papá no puede darse el lujo de correr a los pocos clientes que le van quedando ni de ponerse exquisito con los horarios.

– Pero el otro día hablaron de un tal Maidana – dije –, y hablaron como si le hubiera pasado algo...

– ¡Pues escucharon mal! – gritó mamá –. ¡Y ahora váyanse a dormir que ya es tarde!

Callamos rápidamente y nos miramos antes de inclinar la cabeza y fijar los ojos en el piso. Mamá dejó apagar su cólera de forma progresiva. Abandonó lo que estaba haciendo en la cocina y se sentó en uno de los banquillos que rodeaban la mesada, dejando caer sus brazos sobre el regazo. Seguidamente se puso a contemplarnos, deslizó la tela húmeda del repasador sobre su rostro cansado, y sonrió con todo el esplendor de su sonrisa. Otra vez volvimos a sentirnos seguros. Todo cambió para nosotros desde que papá mudó la imprenta al sótano de la casa, pues, salvo por las visitas del extraño, la vida pasó a convertírsenos en una maravillosa aventura. Veíamos un mundo mágico debajo de aquella puerta, e imaginábamos las más extraordinarias epopeyas cuando empezaban a sonar los motores de la rotativa. Para nosotros, allí abajo, había de todo menos una imprenta. Aunque rara vez papá permitía que nos internásemos en aquel mundo de ensueño. Una tarde nos encontrábamos jugando mi hermano y yo una partida de ajedrez sentados frente al hogar. Hacía días que no teníamos noticias del extraño. Todavía me resulta increíble la rapidez con que dejábamos de sentir su presencia cuando él se alejaba durante algún tiempo, que nunca fue el suficiente como para que lo olvidásemos por completo.

– ¡Jaque! – exclamé de pronto, convencido de mi inminente victoria.

Mi hermano, que era dos años menor que yo, y que había aprendido a mover las piezas mirándonos jugar a papá y a mí, rió cuando después de haberle dado jaque le dije que tenía mate en dos.

– ¿Qué pasó? – pregunté sorprendido, al ver en su rostro cierto aire triunfal.

– Jaque mate – dijo él con un acento acompasado, tumbando a mi rey con una delicadeza casi ensayada.

– No lo vi – dije en el acto, indignado –. No lo vi.

De pronto llamaron a la puerta. Otra vez era aquel sonido que ya nos resultaba aterradoramente familiar, que en cada oportunidad que resurgía lo hacía con las fuerzas redobladas. Tres golpes secos, una pausa y tres golpes más. Era como si el sonido nos dijese:

« ¡Volví! ¡No me he olvidado de ustedes! ». Dejamos caer las piezas que habíamos empezado a guardar y nos dijimos muchas cosas sólo con la mirada. Nos incorporamos en silencio, abandonamos el tablero allí donde había caído, y nos abalanzamos a la escalera. Era el extraño. ¡Otra vez él! Nuevamente el miedo se apoderó de nosotros. Papá se demoró en hacerlo pasar. Hablaron largamente en el porche, el extraño parecía asustado, las palabras se le salían como expulsadas de la garganta, y papá trataba de calmarlo. Luego entraron y se sentaron junto al fuego. Hacía mucho frío aquella tarde. Discutieron, o hablaron fuerte tal vez. Escuchamos cuando papá dijo algo de nosotros, y nos horrorizamos cuando dichas aquellas palabras sobrevino el más absoluto silencio.

– Vienen para acá – le dije a mi hermano susurrándole al oído.

– ¿Qué hacemos? – me preguntó él. Habló tan bajo que tuve que hacer un esfuerzo para escuchar sus palabras. Estábamos a mitad de la escalera, atentos al menor movimiento y prontos para salir velozmente a encerrarnos en nuestro cuarto. Esperamos allí un instante, inmóviles. Era tal el silencio, que podíamos escuchar a nuestros corazones latiendo impetuosamente. Después escuchamos un murmullo y supimos que ellos aún estaban en la sala.

– No pude venir antes – dijo de pronto el extraño, rompiendo de ese modo el silencio aciago que súbitamente se había gestado en toda la casa. Antes de eso sólo podía escucharse el crepitar de la llama en el hogar y la respiración agitada del extraño. Me acuerdo de haber pensado que habría venido corriendo para respirar con tanta dificultad. Nos volvimos a la planta baja y nos pusimos detrás de la biblioteca. Debimos hacer un esfuerzo para correr el anaquel desprendido sin que cayeran al piso algunos libros viejos que papá había puesto sobre él. Entonces pudimos ver la mirada del extraño. Sus ojos brillaban en la penumbra, era como si ardiesen desde adentro, algo había en ellos que nos hizo dar un paso atrás. Nuestro padre, sentado junto al fuego, lo escuchaba con mucha atención, callado, y asintiendo a todo cuanto aquél decía.

– Me han estado siguiendo – confesó el extraño –. Primero se llevaron a Maidana, después al pobre doctor Iturbide... Y ahora me buscan a mí...

– ¿A Iturbide? ¿Cuándo? – preguntó papá.

– Ayer. ¿No te enteraste?

– No. Pobre hombre – se lamentó nuestro padre.

– Y pobre familia – completó el extraño –. Tiene tres hijos. El más chico tiene dos años, y el más grandecito, que tiene diecisiete, se salvó por un pelo.

– ¿Cómo supieron que Iturbide estaba involucrado?

– Imposible saberlo – repuso el extraño –. Quiero no creer que tenemos a un delator entre nosotros pero...

– Hay que tener más cuidado – dijo papá –, no podemos confiar en nadie aparte de nosotros mismos. Te espero el martes para darte los panfletos, y después de eso vamos a tener que buscar otro sitio para las entregas. No quiero meter en problemas a mi familia. Si hay una manzana podrida entre nosotros tarde o temprano va a caer.

Por fin se despidieron. ¿Quién era aquel hombre? ¿Qué hacía en nuestra casa? No era cliente de papá, al menos no en el sentido tradicional. Nos tranquilizó haber escuchado que después del martes ya no volvería a molestarnos por las noches, aunque nos estremecía el presagio de que algo malo iría a suceder.

– Mamá – dije la noche antes del martes –, el otro día vino otra vez el hombre.

– ¿Qué hombre? – preguntó ella.

– ¡El hombre mamá! ¡El hombre que viene por las noches! – enfaticé –. El que le habló a papá de ese tal Maidana. Ahora resulta que también se llevaron a un doctor Iturbide...

– Pero yo les dije que no se metan en las cosas de papá – me interrumpió mamá elevando el tono de su voz, gritando quizá, y enseguida agregó:

– Ese hombre es un cliente de la imprenta.

– ¿Entonces, si es un cliente, por qué le cuenta esas cosas a papá?

– Porque los clientes confían en su padre, y como confían en él le hablan de sus problemas.

– Pero hablan de cosas raras, mamá – dije, con ganas de ponerme a llorar –. Tenemos miedo.

– ¿Miedo de qué? – preguntó ella.

– De que se lleven a papá – dijimos a coro.

– Nadie se va a llevar a papá – dijo mamá, transmitiéndonos con su acento todo el cariño que le era posible sentir hacia nosotros –. Y no tengan miedo, porque siempre van a estar papá y mamá. Lo que pasa entre su padre y ese hombre son cosas de grandes, cosas que ustedes no entenderían.

– ¿Cosas de trabajo mamá? – preguntó mi hermano.

– Sí. Cosas de trabajo – contestó ella.

Durante todo el día siguiente papá estuvo encerrado en la imprenta. Apenas si tuvo tiempo para comer y bañarse, aunque sí lo tuvo para conversar con nosotros. Siempre se daba un minuto para eso. Nunca, por nada del mundo, había dejado de darnos su cariño. Aquél fue el último día más feliz de mi vida, de mi niñez. Todavía cierro los ojos y nos veo a los cuatro sentados en el sillón de la sala, hablando todos juntos mientras jugábamos monopolio, o mirando la serie de los viernes. Porque nosotros sabíamos ser una familia. Hacía días que a papá lo notábamos nervioso, pero este día en particular sus nervios se cosechaban a flor de piel. Es claro que nosotros algo entreveíamos detrás de su mirada inexpresiva. En más de una ocasión los vimos, a mamá y a él, secreteando por los rincones de la casa. Sentíamos, sospechábamos, que un futuro incierto rondaba nuestras vidas. Aunque jamás hubiésemos podido adivinar la verdadera razón de nuestros miedos. Por fin llegó la noche del martes. Otra vez la lluvia caía enloquecida. Nunca olvidaré cuando llamaron a la puerta y papá se apresuró en abrir.

– ¿Qué pasa? – preguntó al extraño nuestro padre –. ¿Quién es esta gente?

– ¿Qué pasa? – volvió a preguntar, con un hilo de voz. Vimos cómo mamá se abalanzaba hacia las escaleras, preocupada, llorando. En el apuro casi se precipita por la baranda al tropezar contra mi pie. Nos miró y pensé que nos iba a mandar a nuestro cuarto, pero al instante se dio la vuelta y siguió hacia la sala. Se oyeron las voces de varias personas, pasos firmes, y los gritos de mamá.

– ¡No! ¿Qué hacen? – clamaba nuestra madre.

Entre el fragor de objetos destrozados y los ruegos de mamá se oyó el chirrido de los goznes de la puerta del sótano y los pasos de alguien que bajaba. La voz de papá sonaba quebrada, era como si de repente hubiese quedado ronco. Asustados, pero impulsados por una fuerza aún mayor que nuestro propio miedo, bajamos por la escalera y nos quedamos inmóviles al pie de la misma. Desde allí, aferrados al balaustre de la baranda, observamos lo que ocurría en la sala de nuestra casa. Estaba el extraño y tres hombres más. Forcejeaban con papá. Él luchaba por librarse de sus manos opresoras. Otro hombre, más grande y más autoritario que los otros, subía desde el sótano cargando un montón de papeles bajo el brazo.

– Muy bien – le dijo al extraño mientras depositaba los papeles adentro de una caja de cartón que antes había yo visto en la cocina de nuestra propia casa –. Muy bien. Ya hacía tiempo que veníamos sospechando de éste. ¡Así que te gusta andar imprimiendo panfletos! – dijo ahora dirigiéndose a papá –. ¡Eh! Vamos a ver si dentro de unos días te quedan ganas de hacerte el vivito, ¡bolchevique de mierda! Papá, de rodillas en medio de la sala, no dejaba de mirarnos. Y aquella mirada pura y llena de amor me marcó para el resto de mi vida, porque fue la última vez que él y yo pudimos vernos a los ojos, y en silencio decirnos lo mucho que nos amábamos. Aquel martes por la noche, cuando el extraño llamó por última vez al zaguán de nuestra casa, no sólo nos arrebató el miedo que durante tanto tiempo había estado atormentándonos, sino que además acarreó con nuestro padre y, a pesar de nuestros llantos y de las súplicas de mamá, jamás volvimos a saber de él. Víctimas de nuestra inocencia no entendíamos por qué se llevaban a papá. Mamá, devastada, se lanzó sobre nosotros y nos abrazó con fuerza; tan fuerte lo hizo que sólo entonces supimos cuánto nos amaba. Luego miró hacia el zaguán, abierto de par en par, por donde el frío y el agua habían empezado a colarse, y se puso de pie como si sólo quedara seguir adelante con nuestras vidas.

Fin

Leído 2313 veces Modificado por última vez en Domingo, 06 Noviembre 2011 23:33
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