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Home Culturales Cuentos Inéditos El gordo, mi amigo, y el doctor
Martes, 05 Mayo 2009 14:45

El gordo, mi amigo, y el doctor

  George W. Kennedy
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Lo conocí por casualidad en una cena del partido. Dos años me separan de aquella incursión mía por la política. Él era abogado, joven, inteligente, hábil, con las ventajas de un título universitario jugando a su favor. Era lo que se dice: todo un señor.


– ¿Y profesor? ¿Qué dice? – me preguntó el doctor luego de un rato – ¿Va a trabajar con nosotros?

Me miraba sonriendo y haciendo todo tipo de gestos con el rostro. Tenía las mejillas coloradas por el vino y abría los ojos grandes como para poder enfocar con más precisión. Por alguna razón me sentí en el compromiso de decirle que sí, y así lo hice.

– ¡Esto es un hombre inteligente! – voceó a los demás, aludiéndome, y todos aplaudieron, alzando sus vasos algunos.

Sentí cierta incomodidad al saberme observado por todos. Mirando al gordo, mi amigo, y al doctor, levanté los hombros y me mantuve lo más callado que pude, asintiendo con exagerada modestia. No mucho tiempo después me diría que esa actitud me hizo parecer un imbécil, y en ocasiones me pregunto si alguien de los allí presentes habrá pensado lo mismo. Hacía una noche de calor imposible. Los mosquitos no dejaban de fastidiar, recuerdo que la preocupación por saber de dónde salían no me dejaba pensar con claridad. Se veían algunos del tamaño de una libélula. Había más de cien personas alrededor de la mesa, de las cuales sólo conocía al gordo y a dos sujetos que no había tratado arriba de tres veces y que hasta esa noche me habían parecido grotescos y pedantes. A uno de ellos lo veo con frecuencia cuando pasa conduciendo su auto frente a mi casa. Creo que es gerente de alguna tienda de insumos informáticos de las que hay por el barrio. Lo saludé en una ocasión pero no me reconoció. Había otro hombre hacia un extremo de la mesa que buscaba llamar la atención del doctor hablando sandeces acerca de los pagos de la deuda. Nadie se fijaba en él salvo yo. El doctor estaba ubicado justo en medio de todos y la persona que parecía capturar su atención, toda su atención, era nada más y nada menos que yo, quien por alguna cosa del destino había terminado sentado a su lado. Como el doctor hablaba conmigo, los demás también lo hacían. Pensarían que era alguien de relevancia. Fue la primera vez en toda mi vida que me sentí verdaderamente importante. El gordo también se había sentado a mi lado, en un espacio que había permanecido vacío y que estaba reservado para un pelele del gobierno que por suerte no había podido asistir a la cena. Nadie lo quería pero irónicamente todos lamentaban su ausencia. Me pareció sincera la actitud del doctor cuando me dijo, al oído, que zánganos como ése no podíamos volver a permitir en el gobierno.

– Personas como usted y yo – dijo – somos los responsables de que éstos estén donde están; y vamos a ser los responsables de que no vuelvan a currar con el dinero de la gente. Pensé que era verdad lo que decía el doctor. Cuántas veces habré votado sin prestar la más mínima atención a la constitución de las listas. Después esos sujetos ocupan cargos de cierta jerarquía y lo primero que uno se pregunta es de dónde diablos los sacan.

– Sabe una cosa – me dijo el doctor, arrimándose a mí todo lo posible, al punto que me sentí incómodo por tanta proximidad –, le aseguro que no se va a arrepentir de la decisión que acaba usted de tomar. Nuestro programa de gobierno es el mejor. ¡El mejor! ¡Sí señor! Pero ahora me gustaría que hablemos de usted, de sus planes, de sus proyectos, de sus ideas… Cuénteme. Me basta una mirada para saber si una persona es de buena cepa; y apuesto mi campaña a que usted lo es. No se vaya a pensar que le estoy pasando la mano por el lomo, como dicen en el interior, pero veo en usted un futuro promisorio. ¿Para quién ha trabajado?

– A decir verdad… esta es la primera vez que voy a tomar parte en la política – confesé.

– ¡Tanto mejor! – señaló él –. Lo que necesita el país es gente como usted, gente que no esté contaminada con el tipo de política que durante tantos años se ha venido profesando. Le voy a ser sincero, si no me lo dice jamás lo habría adivinado; en serio pensé que había trabajado en alguna campaña. Veo que le gusta estar al corriente de los asuntos electorales, para ser que es su primera vez…

– Soy un político pasivo – declaré –, así me considero. Me interesa la política pero no he participado en ella activamente.

– Hasta ahora – dijo con absoluta seguridad.

– Hasta ahora – concedí vacilante.

– Picasso – susurró el doctor dirigiéndose al gordo –, Picassito querido, a este muchacho lo quiero bien cerca mío. Y el gordo tomó nota.

– Le voy a contar algunas cositas de nosotros – prosiguió diciendo el doctor –, referentes básicamente a nuestra forma de trabajar con la gente, a nuestros principios, a nuestros valores, quiero que se empape de eso que hace que cada mañana nos despertemos con ganas de ayudar a los demás, de hacer algo por nuestros consortes; no voy a hablarle de ideales, no me voy a poner nostálgico, porque el tiempo de los ideales y de los idealistas ya pasó, desde mi punto de vista se terminó con la caída del régimen soviético; si bien algunos románticos quedan todavía, por desgracia, pero no son más que retrógrados cuyo único propósito es jalar hacia atrás toda tentativa de progreso, son lo que yo llamo seudo progresistas, se preocupan más por reforzar ciertas instituciones que a la sociedad misma. Acá lo importante son los hombres, hombres y mujeres – aclaró entre risas –, siempre he dicho que los hombres deben trascender a los partidos, porque en definitiva el objetivo de todo esto es el mismo siempre: la felicidad de nuestra gente – gritó el doctor a los cuatro vientos, y todos aplaudieron –, pero dejemos eso para otra oportunidad; ahora simplemente quiero que sepa, que sepa de buena tinta dónde se está metiendo… Y habló durante al menos una hora más. Habló de economía y de trabajo. Mencionó el flagelo de la emigración y el mal que le hacía al país que nuestros universitarios se vieran en la urgencia de buscar otros horizontes. Hizo énfasis en la educación de nuestros chicos y en la salud de los ancianos. Dijo que la ciudad necesitaba su propia universidad y esto motivó que lo mire con más respeto. Apenas si hizo una pausa para servirnos al gordo y a mí un vaso de vino y dedicar algo de atención a las demás personas de la mesa. Creí ver por ahí algunos ojos celosos dirigiéndose a mí. De la conversación rescaté dos cosas por sobre todas las otras: Primero, pude observar que el doctor era un hombre profundamente preocupado por los problemas de la gente. Segundo, que poseía una gran capacidad para la oratoria. Terminé la noche algo mareado y con la extraña sensación de haber hecho el ridículo. No me acuerdo de cómo llegué a mi casa ni qué hora era cuando me acosté.

 

Tampoco recuerdo haber puesto el despertador, pero lo cierto es que antes de las ocho la alarma comenzó a sonar impetuosa. Me levanté con un terrible dolor de cabeza y con el vago recuerdo de haber visto al doctor hablándome con vehemencia, parecía más un pastor dirigiéndose a su rebaño de fieles que alguien con intenciones de ocupar una banca en el parlamento. Hablaba y masticaba al mismo tiempo, sin dejar de mirarme. Hablaba tanto y tan rápido que al cabo de un rato no hubiera podido afirmar que fue lo primero que dijo ni cómo terminó nuestra plática.

– ¿Y, qué te pareció el doctor? – me preguntó el gordo Picasso esa misma mañana, hizo una pausa y, sin esperar mi respuesta, añadió:

– ¿Hice bien en presentártelo? ¿O me vas a decir que te ibas a trabajar con los otros?

– En realidad no me iba con nadie – declaré.

– Sí, bueno – dijo el gordo –, pero… ¿Y? ¿Qué tal?

– ¡Qué querés te diga! Parece un buen tipo.

– ¡Parece no! Es un buen tipo – afirmó el gordo –. Vas a ver que no te defrauda. El doctor era un hombre joven, o por lo menos lo que se considera joven en estas latitudes para iniciarse en la política. No hacía mucho que se había incorporado al PTU (Partido de los Trabajadores Unidos) y desde que vino lo hizo con pretensiones de encabezar su propia lista. Había participado antes en la vieja guardia radical e incluso fue candidato al Concejo Deliberante, cargo que jamás llegó a ocupar. Afirmaba que en aquel partido no había hallado la suficiente libertad para pelear por sus ideas y que por eso decidió aceptar el ofrecimiento del doctor M… Como todo hombre seguro de sí mismo y de sus aptitudes quería comenzar su carrera política con un puesto de jerarquía. Decía que la cámara baja sería un buen comienzo y que podría desde allí empezar a impulsar (o al menos intentar hacerlo) su tan elaborado proyecto político de reconversión económico - social, destinado casi en su totalidad al mejoramiento de la calidad de vida de las clases más humildes. El país pasaba por momentos difíciles y esto no es novedad, pero desde dos años antes esta situación se había venido acentuando por una ola de quiebres en las empresas nacionales (que no podían competir en una economía de mercado) y la desocupación alcanzó cifras históricamente alarmantes.

El doctor, además de tener un discurso poderosísimo, ofrecía soluciones rápidas y eficaces, con resultados permanentes; le fascinaba hablar de desarrollo sostenible, y por eso la gente lo seguía. Y si uno lo escuchaba con atención podía aseverar que en verdad sus argumentos tenían cierta lógica. Mientras los otros candidatos se preocupaban por la recuperación de las empresas, el doctor hablaba de la necesidad de abordar el problema de las clases trabajadoras, según él, el motor de la sociedad. Mientras los otros hablaban de la inserción del país en el mundo, el doctor pedía a gritos una mejor distribución de la riqueza y repudiaba el modelo neoliberal. Mientras los otros proponían subsidiar a las grandes empresas de transporte aéreo y terrestre para que lograsen subsistir en un mundo cada vez más competitivo, el doctor insistía en la necesidad de mejorar los puertos nacionales para de ese modo incrementar el transporte de cabotaje (pues el 90 % de nuestras exportaciones tenían como destino a los países limítrofes) y con ello abaratar el traslado de mercadería. Reclamaba auxiliar e incluso promover el uso del tren (el que debía en primer término ser estatizado) por tratarse también de un medio de locomoción económico, no solamente para el transporte de mercancías sino también para el de pasajeros. Decía que con esto le estaríamos dando a la gente más pobre la posibilidad de viajar a un precio razonable. Pero lo que más entusiasmaba (por lo menos a mí) del discurso del doctor, era el hondo cariño y preocupación con que se refería a nuestros niños, en especial a su futuro. Recuerdo haberle escuchado decir una vez que el partido necesitaba sangre nueva, que nada se lograba renunciando al partido (alusión que se refería a la huída de entre las filas del PTU de varios dirigentes abatidos por los últimos resultados electorales) que había ayudado a construir este país. – Es cierto – dijo el doctor en un programa radial de centro - izquierda donde se dirigía a la gente una vez por semana, y cuyo conductor parecía mantener cierta inclinación hacia el pensamiento del doctor M…, líder del PTU y referente de algunos grupos sindicales – que en los últimos años han habido personas que actuaron en desmedro de los intereses de la nación, personas de nuestras propias filas – enfatizó –, a quienes hemos depositado nuestra confianza, y no me avergüenza tener que admitirlo, porque la gente honesta no se avergüenza de decir lo que está mal, aunque lo que esté mal involucre a nuestra propia casa, pero también es cierto, compañeros, que muchos de esos oportunistas, porque no encuentro para ellos mejor calificativo, aparecieron en el PTU creyendo que iban a poder adueñarse del corazón de la gente; y el corazón de la gente no tiene dueño, el corazón de la gente le pertenece a la gente y no a un montón de corruptos que no hacen más que menoscabar la actividad política. Gracias al cielo que esas personas ya no están, los hemos corrido y acá no vuelven más, porque nuestra es la responsabilidad de revertir esta situación. Acá hay mucho trabajo que hacer, y éstos lo que menos quieren es trabajar, sólo les importa la plata y el poder. Sé que cuento con ustedes, gente linda, para hacer de este país el país de nuestros sueños, donde salir adelante sea para todos y no para unos pocos… También recuerdo la reacción de las masas cuando el doctor se ponía tras un micrófono y empezaba a hacer de la realidad algo fácil (o no tan difícil) de cambiar. Una vez vi a una multitud enardecer bajo el efecto narcotizante de sus palabras. En alguna ocasión escuché a dos ancianos en un bar comparándolo con Bernardo de Irigoyen. Digamos que ha llegado el momento de hablar de mí y de mi determinación de incorporarme a la política.

Como todo compatriota, como todo compatriota con una formación académica, diremos, yo también pasaba por serios aprietos económicos. Hacía bastante tiempo que había vuelto del exilio y aún no conseguía trabajo. Había recorrido casi todos los colegios públicos y privados, me habían llamado por teléfono de dos de ellos, pero hasta el momento todos prometían tenerme en cuenta para cuando surgiera una vacante. Cuando les decía que había vivido algunos años en México y luego en Perú trabajando en muchos rubros salvo en la docencia, los ánimos parecían dar un vuelco y todo volvía al principio:

– Le avisaremos si surge algo.

De más está decir que estaba al borde de la impotencia. Emprendía ahora la tarea (la innoble tarea) de preguntarme cómo haría para pagar el alquiler el próximo mes, cuando por una de esas cosas que solemos atribuir al destino acabé en aquella cena en la sede del partido. El gordo me había hecho llegar una invitación y decidí asistir con el único propósito de conocer alguna gente y tal vez conseguir un empleo. Debo confesar que yo no tenía, ni tuve jamás, convicciones político partidarias ni mucho menos. Coincidía con el doctor en cuanto a que los ideales eran cosa del pasado y en que los dogmas no beneficiaban a nadie más que a algunos pocos fundamentalistas.

Queda claro, entonces, que el gran móvil, en mi caso, de haber aceptado la propuesta del doctor, fue una breve alusión que en un momento dado hizo de mi situación, la subsiguiente promesa de darle trámite y la insistencia del gordo. Minutos previos al mediodía me encontré nuevamente con el gordo Picasso. Nos desplazábamos en sentido opuesto por la misma vereda. Supe que era él en cuanto vi su camisa rayada, la misma que usaba todos los días, agitándose entre la multitud. A varios metros de mí levantó la mano y sonrió para hacerme saber que me había visto. No supe si alegrarme o lamentarme. A una cuadra de la estación de trenes nos detuvimos. Al instante recordé el encuentro que habíamos mantenido por la mañana y resolví que no tenía ganas de platicar ni de hacer otra cosa que no fuera enfocarme en mis asuntos. Como es natural, intenté, en vano, escapar de su compañía. De alguna manera terminamos almorzando en un restorancito de la Avenida Roca al 845. Había ido a ese lugar en un par de ocasiones antes del exilio, y me trajo cierta nostalgia el hecho de haber entrado allí después de todo ese tiempo. También me trajo buenos recuerdos. Durante cuarenta minutos, que fue el tiempo que requirió para engullir tres platos de pasta y casi dos paneras hasta el borde de pan, el gordo mantuvo la vista puesta en el plato, y a cada breve comentario que yo hacía (porque de tan solo verlo comer perdí el poco apetito que tenía) se limitaba a emitir una especie de mugido sibilante sin levantar siquiera la mirada. Hizo algunas señas con las manos que yo interpreté como que la comida estaba deliciosa. En aquel entonces me pregunté (porque había observado esa característica en casi todos los comensales de aquella cena del partido) si todos los hombres del doctor comerían de ese modo. Luego, pedimos té helado y nos pusimos a charlar.

– ¿De qué lo conocés al doctor? – recuerdo haberle preguntado.

– Bueno – comenzó a decir el gordo, hablando de un modo enigmático, sufriendo su rostro ciertas transformaciones, como si de alguna manera mi pregunta lo hiciera sentirse importante –, vos sabés que yo ando mucho en la calle, y en la calle se conoce a la gente. Allá por el ochenta y pico alguien me llevó hasta la sede del partido y me puse a la orden. Porque si de algo estaba seguro, estoy seguro, debo decir, es que para conseguir un buen trabajo hay que vincularse a la política. No es novedad que en este país la política está en todas partes.

Ahí se me dio la oportunidad de salir a la calle, empecé haciendo pegatinas, entregando panfletos, hablando con uno y con otro, hasta que un buen día conocí al senador M... El senador me invitó a trabajar para el doctor y ya han pasado tres años. A vos no te voy a mentir, enseguida supe que de esto podría a sacar algo bueno.

– ¿Qué te han dado? – pregunté muy sutilmente.

– Antes de esto andaba poco menos que tirado – confesó en el acto –. Ahora por lo menos hago algunos pesos trabajando en la campaña y puedo ayudar a alguna gente. Después está la promesa de que si las elecciones andan bien el doctor me lleva de secretario.

– Pero eso dura cuatro años – dije.

– Pero cuatro años que bien valen la pena – arguyó el gordo –; después de eso veré qué hago.

– ¿Y vos creés en las promesas de los políticos?

– Creo en la palabra del doctor, si no lo hiciera no estaría con él. Ya lo vas a conocer bien y vas a ver que es como te digo. Es un hombre muy pragmático, no se va en palabreríos. No es como los demás. Y no deja de a pie a nadie, porque él también la sufrió… El gordo Picasso se distrajo unos instantes masticando un trozo de pan que había quedado en la panera, mientras yo me preguntaba qué sería lo que sufrió el doctor. De pronto ambos quedamos en silencio. – ¡Qué calor que hace! – exclamó súbitamente el gordo, espantando con la mano una mosca que sobrevolaba sobre sus hombros. Tenía razón, hacía una tarde de calor imposible; no menos de treinta y cinco grados, pensé. La humedad hacía lo suyo agregando kilos sobre nuestros cuerpos. El viejo ventilador que pendía del techo giraba sobriamente sobre su eje, dejando filtrar pequeños corpúsculos de aire caliente que no alcanzaban para mitigar la desagradable sensación de asfixia que sentíamos. Los concurrentes, repantigados sobre el respaldo de sus sillas y acosados también por el calor, miraban las noticias del mediodía o leían el diario con absoluta indiferencia. El gordo parecía haber caído en una especie de aletargamiento, producto de la combinación de las altas temperaturas con los tres platos de pasta. Verlo transpirar del modo en que lo hacía me hizo pensar que estaría sufriendo el calor más que yo. De pronto se acerca el mesero y pregunta:

– ¿Se van a servir algo más, los caballeros?

El gordo lo miró con cierta impavidez. Tenía el rostro empapado y la camisa desabotonada casi por completo.

– Sí, por favor – dije yo, consciente de que teníamos que ordenar algo o retirarnos, pues había bastante gente esperando por una mesa vacía –. Traiga una jarra de té helado con bastante hielo.

El hombre anotó el pedido en una pequeña libreta que llevaba en el bolsillo delantero del delantal, y aguardó unos instantes.

– Eso es todo, por ahora – agregué.

El té bien frío le dio al gordo la compostura necesaria para proseguir con la charla.

– Hiciste bien en aceptar la propuesta del doctor – dijo por fin – Vas a ver que no te arrepentís de trabajar con nosotros.

– ¿Y de qué podría arrepentirme? – pregunté con cierta ironía.

– Es una forma de decirlo – dijo él, y enseguida añadió: – Aunque podrías arrepentirte de muchas cosas. La política es un juego demasiado sucio como para no moverse con cuidado. Todos te prometen cosas y después parecen perder la memoria. Te usan; te hacen perder el tiempo; y al último te dan una patada en el… De muchas cosas podés arrepentirte. Pero con nosotros eso no te va a pasar.

– ¿Tan seguro estás de este tipo?

– Por supuesto que sí – repuso enseguida –. De otro modo no estaría acá, hablándote de él. Pero acá lo más importante es que tengo todo el respaldo del senador M… Fue el propio senador quien me puso a trabajar con el doctor, y el doctor al senador no le va a fallar, como yo no te voy a fallar a vos. A propósito – agregó – esta mañana el doctor me estuvo preguntando por vos. Dejé que siguiera hablando. Y así lo hizo:

– Quería saber cuánto hace que te conozco. A qué te dedicabas. Cosas así.

– ¿Y qué le dijiste?

– La verdad – declaró él –. Le hablé de cómo durante la dictadura te sacaron del trabajo, y le dije que hasta ahora no has podido enderezarte. Porque es la verdad – enfatizó –. Le dije que sos un excelente profesor de historia y que no podemos darnos el lujo de perderte… Cuando tuve noción de la hora comprobé que había estado en compañía del gordo más de cuatro horas, y que el tiempo había transcurrido sin que yo me diera cuenta de ello. El viejo ventilador seguía girando, emitiendo un sonido agudo y molesto. El calor y la pesadez del aire nos dejaba como aplastados contra el suelo, y algo tan simple como respirar requería de un esfuerzo enorme. Salí del restaurante diciéndome que lo único que tendría que hacer era trabajar bien en la campaña. El resto lo había hecho el gordo Picasso. Me dije que el gordo debería apreciarme de verdad, pues de otro modo no me habría dado esa mano. ¡Para qué están los amigos!, recuerdo que dijo en algún momento de la charla, y yo asentí. Era la primera vez en treinta y tantos años que pensaba en el gordo Picasso como en un amigo. Pensé que el doctor era afortunado de tener el apoyo de alguien como él. «Si el gordo leyera más», reflexioné « sería un excelente candidato». Una vez en mi casa evoqué mentalmente cada una de las palabras dichas por Picasso, y recuperé ciertamente la esperanza. La esperanza y la confianza que había perdido hacía algunos años cuando al volver del exilio comprobé que nada había cambiado. Como me dio mucho trabajo conciliar el sueño, porque estaba cansado y eufórico (infinidad de cosas, de ideas, de ilusiones y de proyectos pasaban por mi cabeza) al despertar me sentí terriblemente exhausto. Leí una vez que una mente ansiosa equivale a una mente cansada. Algo así ocurría conmigo. Había dormido poco, y desperté súbitamente a causa de un sueño extraño. Recuerdo la sensación de desagrado que esa noche me dejó. En el sueño me veía de pie en una esquina de mi barrio (aunque no conocía las calles y apenas registraba dos o tres casas y un perro llamado Willy, estaba convencido de que era mi barrio), estaban también el gordo y el doctor, ambos intentaban convencerme de formar parte de una hermandad diabólica o alguna especie de fraternidad o grupo de magia negra. Desayuné una gran taza de café y salí a la calle. Cuando cruzaba hacia la acera de enfrente, justo sobre la puerta de entrada del almacén que está en la mitad de la cuadra, y cuando estaba a punto de abordar el colectivo, alcancé a ver al gordo con un montón de papeles bajo el brazo. Sonreía pródigamente. Me puse nervioso al verlo. No sé por qué, pero me puse nervioso. Quizás porque ya eran tres las veces que lo encontraba por casualidad en el transcurso de un día y medio y pensé que me estaba siguiendo. O a lo mejor porque recordé el sueño que había tenido esa noche. El gordo Picasso dijo venir de la imprenta que estaba en Dante y Bolívar, a la vuelta de mi edificio. Los ojos me ardían y el sol daba de lleno sobre mi rostro. El gordo hablaba y hablaba, movía la boca y las manos sin cesar, no me miraba, y lo único que yo escuchaba era un murmullo ensordecedor del cual sobresalían las palabras imprenta y panfletos, mientras examinaba de a ratos su camisa empapada por el sudor y me preguntaba cómo olería. Eran las ocho y media y el calor escaldaba la atmósfera.

– El doctor quiere hablar con vos – escuché de pronto.

– ¿Sobre qué? – pregunté.

– Vaya uno a saber – dijo –. Supongo que querrá conocerte un poco más. A él le gusta conocer a todos sus colaboradores, en especial, a aquellos que yo le recomiendo.

– ¿No confía en vos?

– Todo lo contrario – repuso, como si mi pregunta lo hubiera hecho enojar –. Porque confía en mí es que quiere conocerte mejor. La gente que yo le recomiendo es la que va a formar parte de las listas. De ahí van a salir los futuros puestos de particular confianza… Antes de que mi viejo reloj de pulsera diera las diez de la mañana, llegué a la sede del partido. El doctor estaba en su oficina. Cuando me vio me llamó por mi nombre.

– Tome asiento, por favor – me dijo, y de inmediato agregó: – ¿Le gustaría tomar algo fresco?

– No, gracias – repuse, movido por algún absurdo prejuicio.

– Una gaseosa, un vaso de agua. Hace un calor insoportable – insistió.

– Un vaso de agua estaría bien – dije –. Gracias.

El doctor me observó en silencio por unos instantes, mientras yo bebía un agua mineral sin gas en botella de medio litro. Estaba bien helada, y lo primero que pensé fue que me haría doler la garganta. El doctor se veía satisfecho, enseguida dijo: – Picasso, que es mi mano derecha en estos asuntos, me habló muy bien de usted.

Hizo una pausa, sin dejar de mirarme. Me pregunté cuáles serían esos asuntos a los que él se refería. – Como le dije el otro día en la cena, profesor – prosiguió diciendo el doctor – ¡Ah! Antes que me olvide – interrumpió de repente, como si algo importante hubiera acudido a su mente –: ¿Cómo le gusta que lo llame?, profesor, o por su nombre. – Como a usted le quede más cómodo – respondí.

– En ese caso, creo que un título, en especial un título docente, enaltece el nombre de una persona. Como recién le decía, Picasso me habló muy bien de usted. Y el otro día en la cena se tomó la libertad de ponerme al tanto de su situación. Se ve que lo aprecia mucho. ¿Así que es profesor de historia? Asentí.

– ¿Dónde ha enseñado?

– Tres años en el Normal y siete en Colegio de los Padres Salesianos. Hasta que me sacaron por oponerme al nuevo programa educativo. Después de eso no he tenido la oportunidad de volver a ejercer la docencia.

– Por oportunidades no se preocupe, mi estimado, es lo que va a tener de sobra. Gente como usted no puede estar desempleada. Lo que el país necesita son docentes capaces de crear mentes independientes. Hay que cambiar esta nación de autómatas. Hay que enseñarles a los chicos a pensar; a valerse por sí mismos; hay que hacerles saber que sus ideas son tan buenas como las de cualquiera…

– Decir esas cosas me costó el trabajo y casi me lleva a la cárcel – declaré.

– Pero ahora las cosas cambiaron – prosiguió el doctor –. La situación es otra, profesor. El país se prepara para vivir momentos de profundos cambios sociales, en todos los órdenes. Y precisamente, profesionales como usted, es lo que necesitamos para hacer que esta oleada de cambios tenga el impacto que debe tener; que no se va a dar solamente en nuestro país, sino que ya se está dando en toda la región. De modo que me alegra que se haya decidido por nosotros. Usted y yo vamos a ser protagonistas de esta transformación. Sepa que la banca es un hecho, las encuestas así lo dicen, pero lo dice también la gente, todos los días me encuentro con personas que me paran en la calle para decirme que me apoyan, que van a votar al PTU sólo por mí; y eso me llena de satisfacción.

– No es para menos – dije –. No cualquiera le cae bien a la gente.

– Ahora – dijo el doctor.

– ¿Cómo? No comprendo.

– Que “ahora” no cualquiera le cae bien a la gente. Gracias a Dios el votante se está dando cuenta de que debe elegir bien; no sólo debe fijarse si el candidato habla “bien”, sino que debe dirigir su atención a otros aspectos como la honradez, la eficiencia, la preparación, la dedicación… Antes, no hace mucho, menos de cuatro años sin ir más lejos, la gente elegía a cualquiera. De otra manera el gobierno no estaría integrado por estos energúmenos. Pero cada uno cosecha lo que siembra, y ahora nosotros nos preparamos para conquistar el poder.

– Sin dudas – comenté, sólo por decir algo.

– Así es profesor. Así es. Si contamos con el respaldo suficiente vamos a ocupar esa banca en el Congreso y le aseguro que no me voy a olvidar de usted. Como le dije, la nación necesita buenos profesores de Historia, profesores como usted, que enseñen las cosas tal y como sucedieron, y no como algunos cuantos corruptos pretenden que se haga. Vamos a necesitar gente en el Ministerio de Educación y, créame, usted va a estar ahí, justo en el campo de batalla.

– Pues se lo agradezco.

– No hay nada que agradecer. No le estoy haciendo un favor, le estoy ofreciendo el lugar que le corresponde. Y si a alguien debe agradecerle es a Picasso, que fue él quien me habló de usted. Es por eso que le pido que lo ayude, usted va a trabajar con él en esta campaña. Picasso está coordinando mi campaña en su querida Hurlingham, y yo necesito que lo apoye. Ayúdelo a hablar con la gente. Tenemos que hacerles entender que somos la mejor opción. Sabemos que usted es un hombre respetado en su ciudad, y la gente lo va escuchar. No permitamos que cualquier atorrante vuelva a administrar los erarios públicos, tenemos la responsabilidad y la oportunidad de poner al frente del gobierno hombres de bien, hombres comprometidos con los intereses de la nación, incapaces de corromperse. Yo soy uno de esos hombres, profesor, no tenga la menor duda de ello. Y si el senador M… llega a la presidencia, le aseguro que vamos a tener el mejor gobierno que este país haya tenido nunca. Vamos a hacer historia. “Ojalá”, pensé. – Es un hecho – dijo el doctor, como si hubiera leído mi mente –. Pero no alcanza con llegar, también hay que trabajar. Y hay que estar preparado; tener vocación de servicio; hay estar convencido de lo que uno hace…

Por suerte habemos quienes estamos dispuestos a cometer la locura de robarle tiempo a nuestras familias para servir a la gente, al país; pero es por una causa noble y la familia así lo entiende; entiende que acá, lo más importante, es darse de lleno a los demás. Es la única manera de que este país salga adelante. ¿No lo cree así? Finalmente trabajamos en la campaña sin descanso. Quedaron atrás las elecciones internas y el doctor arrasó a sus oponentes. Luego éstos se aliaron al doctor para las elecciones nacionales, pocos meses después, y el doctor dijo en una reunión que mantuvimos en la sede partidaria que todo era una jugada política para captar votos y así vencer al adversario. «Las alianzas son importantes», dijo. Me asombró el hecho de que el pelele que había faltado a la cena la noche en que conocí al doctor, ocupara el segundo puesto de la lista. “Otra estrategia política”, pensé. Después de varios meses de duro trabajo, como era de esperarse, el doctor ganó una banca en el Congreso. Lo nombraron presidente de una comisión importante y lo pusieron al frente del directorio del partido.

El doctor M… no logró la presidencia, pero salió reelecto senador y le ofrecieron formar parte del gabinete. Festejamos su nombramiento como Ministro del Interior con una gran cena en la sede del partido, a la cual faltó por razones de fuerza mayor. Nunca más lo vi. Al gordo, tal y como él lo había dicho, el doctor lo llevó de secretario; y la mujer del gordo, a quien no recuerdo haber visto arriba de una o dos veces en los actos partidarios, le dieron un puesto de ayudante administrativo en el Congreso. No sé que habrá sido del resto del grupo, no supe nada más de ellos. Nos vimos una vez dos o tres días después de las elecciones, cuando la cena del senador M…, y otra algunos días más tarde, cuando esperamos en vano la presencia del doctor para detallarnos la lista de los puestos que le habían adjudicado. En cuanto a mí…, en cuanto a mí, aún espero mi puesto en el Ministerio de Educación. Me tomé la libertad de elaborar una serie de proyectos que creo pueden servir para hacer de la educación una herramienta más eficiente. Ojalá los use algún día. Sin embargo, y me duele decirlo, he perdido toda esperanza. La semana pasada fui a la oficina del gordo para pedirle que me consiga una audiencia con el doctor. Me atendió alguien que decía ser el secretario del gordo, un muchacho a quien nunca había visto; el muchacho me miró flemáticamente y me dijo:

– Dice el señor secretario (el gordo) que en este momento no lo puede atender, señor…, pero que si es por trabajo ni se moleste en venir; no es la política del diputado hacer clientelismo político.

– Pero… – alcancé a entonar antes de ser interrumpido.

– Que tenga buen día, señor.

Fin

Leído 1884 veces Modificado por última vez en Domingo, 06 Noviembre 2011 23:39
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