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MAYO 2009
El gordo, mi amigo, y el
doctor
Cuento inédito
George Kennedy
Lo
conocí por casualidad en una cena del partido. Dos años me
separan de aquella incursión mía por la política. Él era
abogado, joven, inteligente, hábil, con las ventajas de un
título universitario jugando a su favor. Era lo que se dice:
todo un señor.
– ¿Y
profesor? ¿Qué dice? – me preguntó el doctor luego de un
rato – ¿Va a trabajar con nosotros?
Me
miraba sonriendo y haciendo todo tipo de gestos con el
rostro. Tenía las mejillas coloradas por el vino y abría los
ojos grandes como para poder enfocar con más precisión. Por
alguna razón me sentí en el compromiso de decirle que sí, y
así lo hice.
– ¡Esto
es un hombre inteligente! – voceó a los demás, aludiéndome,
y todos aplaudieron, alzando sus vasos algunos.
Sentí
cierta incomodidad al saberme observado por todos. Mirando
al gordo, mi amigo, y al doctor, levanté los hombros y me
mantuve lo más callado que pude, asintiendo con exagerada
modestia. No mucho tiempo después me diría que esa actitud
me hizo parecer un imbécil, y en ocasiones me pregunto si
alguien de los allí presentes habrá pensado lo mismo. Hacía
una noche de calor imposible. Los mosquitos no dejaban de
fastidiar, recuerdo que la preocupación por saber de dónde
salían no me dejaba pensar con claridad. Se veían algunos
del tamaño de una libélula. Había más de cien personas
alrededor de la mesa, de las cuales sólo conocía al gordo y
a dos sujetos que no había tratado arriba de tres veces y
que hasta esa noche me habían parecido grotescos y pedantes.
A uno de ellos lo veo con frecuencia cuando pasa conduciendo
su auto frente a mi casa. Creo que es gerente de alguna
tienda de insumos informáticos de las que hay por el barrio.
Lo saludé en una ocasión pero no me reconoció. Había otro
hombre hacia un extremo de la mesa que buscaba llamar la
atención del doctor hablando sandeces acerca de los pagos de
la deuda. Nadie se fijaba en él salvo yo. El doctor estaba
ubicado justo en medio de todos y la persona que parecía
capturar su atención, toda su atención, era nada más y nada
menos que yo, quien por alguna cosa del destino había
terminado sentado a su lado. Como el doctor hablaba
conmigo, los demás también lo hacían. Pensarían que era
alguien de relevancia. Fue la primera vez en toda mi vida
que me sentí verdaderamente importante. El gordo también se
había sentado a mi lado, en un espacio que había permanecido
vacío y que estaba reservado para un pelele del gobierno que
por suerte no había podido asistir a la cena. Nadie lo
quería pero irónicamente todos lamentaban su ausencia. Me
pareció sincera la actitud del doctor cuando me dijo, al
oído, que zánganos como ése no podíamos volver a permitir en
el gobierno.
–
Personas como usted y yo – dijo – somos los responsables de
que éstos estén donde están; y vamos a ser los responsables
de que no vuelvan a currar con el dinero de la gente. Pensé
que era verdad lo que decía el doctor. Cuántas veces habré
votado sin prestar la más mínima atención a la constitución
de las listas. Después esos sujetos ocupan cargos de cierta
jerarquía y lo primero que uno se pregunta es de dónde
diablos los sacan.
– Sabe
una cosa – me dijo el doctor, arrimándose a mí todo lo
posible, al punto que me sentí incómodo por tanta proximidad
–, le aseguro que no se va a arrepentir de la decisión que
acaba usted de tomar. Nuestro programa de gobierno es el
mejor. ¡El mejor! ¡Sí señor! Pero ahora me gustaría que
hablemos de usted, de sus planes, de sus proyectos, de sus
ideas… Cuénteme. Me basta una mirada para saber si una
persona es de buena cepa; y apuesto mi campaña a que usted
lo es. No se vaya a pensar que le estoy pasando la mano por
el lomo, como dicen en el interior, pero veo en usted un
futuro promisorio. ¿Para quién ha trabajado?
– A
decir verdad… esta es la primera vez que voy a tomar parte
en la política – confesé.
–
¡Tanto mejor! – señaló él –. Lo que necesita el país es
gente como usted, gente que no esté contaminada con el tipo
de política que durante tantos años se ha venido profesando.
Le voy a ser sincero, si no me lo dice jamás lo habría
adivinado; en serio pensé que había trabajado en alguna
campaña. Veo que le gusta estar al corriente de los asuntos
electorales, para ser que es su primera vez…
– Soy
un político pasivo – declaré –, así me considero. Me
interesa la política pero no he participado en ella
activamente.
– Hasta
ahora – dijo con absoluta seguridad.
– Hasta
ahora – concedí vacilante.
–
Picasso – susurró el doctor dirigiéndose al gordo –,
Picassito querido, a este muchacho lo quiero bien cerca
mío. Y el gordo tomó nota.
– Le
voy a contar algunas cositas de nosotros – prosiguió
diciendo el doctor –, referentes básicamente a nuestra forma
de trabajar con la gente, a nuestros principios, a nuestros
valores, quiero que se empape de eso que hace que cada
mañana nos despertemos con ganas de ayudar a los demás, de
hacer algo por nuestros consortes; no voy a hablarle de
ideales, no me voy a poner nostálgico, porque el tiempo de
los ideales y de los idealistas ya pasó, desde mi punto de
vista se terminó con la caída del régimen soviético; si bien
algunos románticos quedan todavía, por desgracia, pero no
son más que retrógrados cuyo único propósito es jalar hacia
atrás toda tentativa de progreso, son lo que yo llamo seudo
progresistas, se preocupan más por reforzar ciertas
instituciones que a la sociedad misma. Acá lo importante son
los hombres, hombres y mujeres – aclaró entre risas –,
siempre he dicho que los hombres deben trascender a los
partidos, porque en definitiva el objetivo de todo esto es
el mismo siempre: la felicidad de nuestra gente – gritó el
doctor a los cuatro vientos, y todos aplaudieron –, pero
dejemos eso para otra oportunidad; ahora simplemente quiero
que sepa, que sepa de buena tinta dónde se está metiendo… Y
habló durante al menos una hora más. Habló de economía y de
trabajo. Mencionó el flagelo de la emigración y el mal que
le hacía al país que nuestros universitarios se vieran en la
urgencia de buscar otros horizontes. Hizo énfasis en la
educación de nuestros chicos y en la salud de los ancianos.
Dijo que la ciudad necesitaba su propia universidad y esto
motivó que lo mire con más respeto. Apenas si hizo una pausa
para servirnos al gordo y a mí un vaso de vino y dedicar
algo de atención a las demás personas de la mesa. Creí ver
por ahí algunos ojos celosos dirigiéndose a mí. De la
conversación rescaté dos cosas por sobre todas las otras:
Primero, pude observar que el doctor era un hombre
profundamente preocupado por los problemas de la gente.
Segundo, que poseía una gran capacidad para la oratoria.
Terminé la noche algo mareado y con la extraña sensación de
haber hecho el ridículo. No me acuerdo de cómo llegué a mi
casa ni qué hora era cuando me acosté. Tampoco recuerdo
haber puesto el despertador, pero lo cierto es que antes de
las ocho la alarma comenzó a sonar impetuosa. Me levanté con
un terrible dolor de cabeza y con el vago recuerdo de haber
visto al doctor hablándome con vehemencia, parecía más un
pastor dirigiéndose a su rebaño de fieles que alguien con
intenciones de ocupar una banca en el parlamento. Hablaba y
masticaba al mismo tiempo, sin dejar de mirarme. Hablaba
tanto y tan rápido que al cabo de un rato no hubiera podido
afirmar que fue lo primero que dijo ni cómo terminó nuestra
plática.
– ¿Y,
qué te pareció el doctor? – me preguntó el gordo Picasso esa
misma mañana, hizo una pausa y, sin esperar mi respuesta,
añadió:
– ¿Hice
bien en presentártelo? ¿O me vas a decir que te ibas a
trabajar con los otros?
– En
realidad no me iba con nadie – declaré.
– Sí,
bueno – dijo el gordo –, pero… ¿Y? ¿Qué tal?
– ¡Qué
querés te diga! Parece un buen tipo.
–
¡Parece no! Es un buen tipo – afirmó el gordo –. Vas a ver
que no te defrauda. El doctor era un hombre joven, o por lo
menos lo que se considera joven en estas latitudes para
iniciarse en la política. No hacía mucho que se había
incorporado al PTU (Partido de los Trabajadores Unidos) y
desde que vino lo hizo con pretensiones de encabezar su
propia lista. Había participado antes en la vieja guardia
radical e incluso fue candidato al Concejo Deliberante,
cargo que jamás llegó a ocupar. Afirmaba que en aquel
partido no había hallado la suficiente libertad para pelear
por sus ideas y que por eso decidió aceptar el ofrecimiento
del doctor M… Como todo hombre seguro de sí mismo y de sus
aptitudes quería comenzar su carrera política con un puesto
de jerarquía. Decía que la cámara baja sería un buen
comienzo y que podría desde allí empezar a impulsar (o al
menos intentar hacerlo) su tan elaborado proyecto político
de reconversión económico - social, destinado casi en su
totalidad al mejoramiento de la calidad de vida de las
clases más humildes. El país pasaba por momentos difíciles y
esto no es novedad, pero desde dos años antes esta situación
se había venido acentuando por una ola de quiebres en las
empresas nacionales (que no podían competir en una economía
de mercado) y la desocupación alcanzó cifras históricamente
alarmantes. El doctor, además de tener un discurso
poderosísimo, ofrecía soluciones rápidas y eficaces, con
resultados permanentes; le fascinaba hablar de desarrollo
sostenible, y por eso la gente lo seguía. Y si uno lo
escuchaba con atención podía aseverar que en verdad sus
argumentos tenían cierta lógica. Mientras los otros
candidatos se preocupaban por la recuperación de las
empresas, el doctor hablaba de la necesidad de abordar el
problema de las clases trabajadoras, según él, el motor de
la sociedad. Mientras los otros hablaban de la inserción del
país en el mundo, el doctor pedía a gritos una mejor
distribución de la riqueza y repudiaba el modelo neoliberal.
Mientras los otros proponían subsidiar a las grandes
empresas de transporte aéreo y terrestre para que lograsen
subsistir en un mundo cada vez más competitivo, el doctor
insistía en la necesidad de mejorar los puertos nacionales
para de ese modo incrementar el transporte de cabotaje (pues
el 90 % de nuestras exportaciones tenían como destino a los
países limítrofes) y con ello abaratar el traslado de
mercadería. Reclamaba auxiliar e incluso promover el uso del
tren (el que debía en primer término ser estatizado) por
tratarse también de un medio de locomoción económico, no
solamente para el transporte de mercancías sino también para
el de pasajeros. Decía que con esto le estaríamos dando a la
gente más pobre la posibilidad de viajar a un precio
razonable. Pero lo que más entusiasmaba (por lo menos a mí)
del discurso del doctor, era el hondo cariño y preocupación
con que se refería a nuestros niños, en especial a su
futuro. Recuerdo haberle escuchado decir una vez que el
partido necesitaba sangre nueva, que nada se lograba
renunciando al partido (alusión que se refería a la huída de
entre las filas del PTU de varios dirigentes abatidos por
los últimos resultados electorales) que había ayudado a
construir este país. – Es cierto – dijo el doctor en
un programa radial de centro - izquierda donde se dirigía a
la gente una vez por semana, y cuyo conductor parecía
mantener cierta inclinación hacia el pensamiento del doctor
M…, líder del PTU y referente de algunos grupos sindicales –
que en los últimos años han habido personas que actuaron en
desmedro de los intereses de la nación, personas de nuestras
propias filas – enfatizó –, a quienes hemos depositado
nuestra confianza, y no me avergüenza tener que admitirlo,
porque la gente honesta no se avergüenza de decir lo que
está mal, aunque lo que esté mal involucre a nuestra propia
casa, pero también es cierto, compañeros, que muchos de esos
oportunistas, porque no encuentro para ellos mejor
calificativo, aparecieron en el PTU creyendo que iban a
poder adueñarse del corazón de la gente; y el corazón de la
gente no tiene dueño, el corazón de la gente le pertenece a
la gente y no a un montón de corruptos que no hacen más que
menoscabar la actividad política. Gracias al cielo que esas
personas ya no están, los hemos corrido y acá no vuelven
más, porque nuestra es la responsabilidad de revertir esta
situación. Acá hay mucho trabajo que hacer, y éstos lo que
menos quieren es trabajar, sólo les importa la plata y el
poder. Sé que cuento con ustedes, gente linda, para hacer de
este país el país de nuestros sueños, donde salir adelante
sea para todos y no para unos pocos… También recuerdo
la reacción de las masas cuando el doctor se ponía tras un
micrófono y empezaba a hacer de la realidad algo fácil (o no
tan difícil) de cambiar. Una vez vi a una multitud enardecer
bajo el efecto narcotizante de sus palabras. En alguna
ocasión escuché a dos ancianos en un bar comparándolo con
Bernardo de Irigoyen. Digamos que ha llegado el
momento de hablar de mí y de mi determinación de
incorporarme a la política. Como todo compatriota, como todo
compatriota con una formación académica, diremos, yo también
pasaba por serios aprietos económicos. Hacía bastante tiempo
que había vuelto del exilio y aún no conseguía trabajo.
Había recorrido casi todos los colegios públicos y privados,
me habían llamado por teléfono de dos de ellos, pero hasta
el momento todos prometían tenerme en cuenta para cuando
surgiera una vacante. Cuando les decía que había vivido
algunos años en México y luego en Perú trabajando en muchos
rubros salvo en la docencia, los ánimos parecían dar un
vuelco y todo volvía al principio:
– Le
avisaremos si surge algo.
De más
está decir que estaba al borde de la impotencia. Emprendía
ahora la tarea (la innoble tarea) de preguntarme cómo haría
para pagar el alquiler el próximo mes, cuando por una de
esas cosas que solemos atribuir al destino acabé en aquella
cena en la sede del partido. El gordo me había hecho llegar
una invitación y decidí asistir con el único propósito de
conocer alguna gente y tal vez conseguir un empleo. Debo
confesar que yo no tenía, ni tuve jamás, convicciones
político partidarias ni mucho menos. Coincidía con el doctor
en cuanto a que los ideales eran cosa del pasado y en que
los dogmas no beneficiaban a nadie más que a algunos pocos
fundamentalistas. Queda claro, entonces, que el gran móvil,
en mi caso, de haber aceptado la propuesta del doctor, fue
una breve alusión que en un momento dado hizo de mi
situación, la subsiguiente promesa de darle trámite y la
insistencia del gordo. Minutos previos al mediodía me
encontré nuevamente con el gordo Picasso. Nos desplazábamos
en sentido opuesto por la misma vereda. Supe que era él en
cuanto vi su camisa rayada, la misma que usaba todos los
días, agitándose entre la multitud. A varios metros de mí
levantó la mano y sonrió para hacerme saber que me había
visto. No supe si alegrarme o lamentarme. A una cuadra de la
estación de trenes nos detuvimos. Al instante recordé el
encuentro que habíamos mantenido por la mañana y resolví que
no tenía ganas de platicar ni de hacer otra cosa que no
fuera enfocarme en mis asuntos. Como es natural, intenté, en
vano, escapar de su compañía. De alguna manera terminamos
almorzando en un restorancito de la Avenida Roca al 845.
Había ido a ese lugar en un par de ocasiones antes del
exilio, y me trajo cierta nostalgia el hecho de haber
entrado allí después de todo ese tiempo. También me trajo
buenos recuerdos. Durante cuarenta minutos, que fue el
tiempo que requirió para engullir tres platos de pasta y
casi dos paneras hasta el borde de pan, el gordo mantuvo la
vista puesta en el plato, y a cada breve comentario que yo
hacía (porque de tan solo verlo comer perdí el poco apetito
que tenía) se limitaba a emitir una especie de mugido
sibilante sin levantar siquiera la mirada. Hizo algunas
señas con las manos que yo interpreté como que la comida
estaba deliciosa. En aquel entonces me pregunté (porque
había observado esa característica en casi todos los
comensales de aquella cena del partido) si todos los hombres
del doctor comerían de ese modo. Luego, pedimos té
helado y nos pusimos a charlar.
– ¿De
qué lo conocés al doctor? – recuerdo haberle preguntado.
– Bueno
– comenzó a decir el gordo, hablando de un modo enigmático,
sufriendo su rostro ciertas transformaciones, como si de
alguna manera mi pregunta lo hiciera sentirse importante –,
vos sabés que yo ando mucho en la calle, y en la calle se
conoce a la gente. Allá por el ochenta y pico alguien me
llevó hasta la sede del partido y me puse a la orden. Porque
si de algo estaba seguro, estoy seguro, debo decir, es que
para conseguir un buen trabajo hay que vincularse a la
política. No es novedad que en este país la política está en
todas partes. Ahí se me dio la oportunidad de salir a la
calle, empecé haciendo pegatinas, entregando panfletos,
hablando con uno y con otro, hasta que un buen día conocí al
senador M... El senador me invitó a trabajar para el doctor
y ya han pasado tres años. A vos no te voy a mentir,
enseguida supe que de esto podría a sacar algo bueno.
– ¿Qué
te han dado? – pregunté muy sutilmente.
– Antes
de esto andaba poco menos que tirado – confesó en el acto –.
Ahora por lo menos hago algunos pesos trabajando en la
campaña y puedo ayudar a alguna gente. Después está la
promesa de que si las elecciones andan bien el doctor me
lleva de secretario.
– Pero
eso dura cuatro años – dije.
– Pero
cuatro años que bien valen la pena – arguyó el gordo –;
después de eso veré qué hago.
– ¿Y
vos creés en las promesas de los políticos?
– Creo
en la palabra del doctor, si no lo hiciera no estaría con
él. Ya lo vas a conocer bien y vas a ver que es como te
digo. Es un hombre muy pragmático, no se va en palabreríos.
No es como los demás. Y no deja de a pie a nadie, porque él
también la sufrió… El gordo Picasso se distrajo unos
instantes masticando un trozo de pan que había quedado en la
panera, mientras yo me preguntaba qué sería lo que sufrió el
doctor. De pronto ambos quedamos en silencio. – ¡Qué calor
que hace! – exclamó súbitamente el gordo, espantando con la
mano una mosca que sobrevolaba sobre sus hombros. Tenía
razón, hacía una tarde de calor imposible; no menos de
treinta y cinco grados, pensé. La humedad hacía lo suyo
agregando kilos sobre nuestros cuerpos. El viejo ventilador
que pendía del techo giraba sobriamente sobre su eje,
dejando filtrar pequeños corpúsculos de aire caliente que no
alcanzaban para mitigar la desagradable sensación de asfixia
que sentíamos. Los concurrentes, repantigados sobre el
respaldo de sus sillas y acosados también por el calor,
miraban las noticias del mediodía o leían el diario con
absoluta indiferencia. El gordo parecía haber caído en una
especie de aletargamiento, producto de la combinación de las
altas temperaturas con los tres platos de pasta. Verlo
transpirar del modo en que lo hacía me hizo pensar que
estaría sufriendo el calor más que yo. De pronto se
acerca el mesero y pregunta:
– ¿Se
van a servir algo más, los caballeros?
El
gordo lo miró con cierta impavidez. Tenía el rostro empapado
y la camisa desabotonada casi por completo.
– Sí,
por favor – dije yo, consciente de que teníamos que ordenar
algo o retirarnos, pues había bastante gente esperando por
una mesa vacía –. Traiga una jarra de té helado con bastante
hielo.
El
hombre anotó el pedido en una pequeña libreta que llevaba en
el bolsillo delantero del delantal, y aguardó unos
instantes.
– Eso
es todo, por ahora – agregué.
El té
bien frío le dio al gordo la compostura necesaria para
proseguir con la charla.
–
Hiciste bien en aceptar la propuesta del doctor – dijo por
fin – Vas a ver que no te arrepentís de trabajar con
nosotros.
– ¿Y de
qué podría arrepentirme? – pregunté con cierta ironía.
– Es
una forma de decirlo – dijo él, y enseguida añadió: – Aunque
podrías arrepentirte de muchas cosas. La política es un
juego demasiado sucio como para no moverse con cuidado.
Todos te prometen cosas y después parecen perder la memoria.
Te usan; te hacen perder el tiempo; y al último te dan una
patada en el… De muchas cosas podés arrepentirte. Pero con
nosotros eso no te va a pasar.
– ¿Tan
seguro estás de este tipo?
– Por
supuesto que sí – repuso enseguida –. De otro modo no
estaría acá, hablándote de él. Pero acá lo más importante es
que tengo todo el respaldo del senador M… Fue el propio
senador quien me puso a trabajar con el doctor, y el doctor
al senador no le va a fallar, como yo no te voy a fallar a
vos. A propósito – agregó – esta mañana el doctor me estuvo
preguntando por vos. Dejé que siguiera hablando. Y así
lo hizo:
–
Quería saber cuánto hace que te conozco. A qué te dedicabas.
Cosas así.
– ¿Y
qué le dijiste?
– La
verdad – declaró él –. Le hablé de cómo durante la dictadura
te sacaron del trabajo, y le dije que hasta ahora no has
podido enderezarte. Porque es la verdad – enfatizó –. Le
dije que sos un excelente profesor de historia y que no
podemos darnos el lujo de perderte… Cuando tuve noción de la
hora comprobé que había estado en compañía del gordo más de
cuatro horas, y que el tiempo había transcurrido sin que yo
me diera cuenta de ello. El viejo ventilador seguía girando,
emitiendo un sonido agudo y molesto. El calor y la pesadez
del aire nos dejaba como aplastados contra el suelo, y algo
tan simple como respirar requería de un esfuerzo enorme.
Salí del restaurante diciéndome que lo único que tendría que
hacer era trabajar bien en la campaña. El resto lo había
hecho el gordo Picasso. Me dije que el gordo debería
apreciarme de verdad, pues de otro modo no me habría dado
esa mano. ¡Para qué están los amigos!, recuerdo que dijo en
algún momento de la charla, y yo asentí. Era la primera
vez en treinta y tantos años que pensaba en el gordo Picasso
como en un amigo. Pensé que el doctor era afortunado de
tener el apoyo de alguien como él. «Si el gordo
leyera más», reflexioné « sería un excelente candidato». Una
vez en mi casa evoqué mentalmente cada una de las palabras
dichas por Picasso, y recuperé ciertamente la esperanza. La
esperanza y la confianza que había perdido hacía algunos
años cuando al volver del exilio comprobé que nada había
cambiado. Como me dio mucho trabajo conciliar el sueño,
porque estaba cansado y eufórico (infinidad de cosas, de
ideas, de ilusiones y de proyectos pasaban por mi cabeza) al
despertar me sentí terriblemente exhausto. Leí una vez que
una mente ansiosa equivale a una mente cansada. Algo así
ocurría conmigo. Había dormido poco, y desperté súbitamente
a causa de un sueño extraño. Recuerdo la sensación de
desagrado que esa noche me dejó. En el sueño me veía de pie
en una esquina de mi barrio (aunque no conocía las calles y
apenas registraba dos o tres casas y un perro llamado Willy,
estaba convencido de que era mi barrio), estaban también el
gordo y el doctor, ambos intentaban convencerme de formar
parte de una hermandad diabólica o alguna especie de
fraternidad o grupo de magia negra. Desayuné una gran taza
de café y salí a la calle. Cuando cruzaba hacia la acera de
enfrente, justo sobre la puerta de entrada del almacén que
está en la mitad de la cuadra, y cuando estaba a punto de
abordar el colectivo, alcancé a ver al gordo con un montón
de papeles bajo el brazo. Sonreía pródigamente. Me puse
nervioso al verlo. No sé por qué, pero me puse nervioso.
Quizás porque ya eran tres las veces que lo encontraba por
casualidad en el transcurso de un día y medio y pensé que me
estaba siguiendo. O a lo mejor porque recordé el sueño que
había tenido esa noche. El gordo Picasso dijo venir de la
imprenta que estaba en Dante y Bolívar, a la vuelta de mi
edificio. Los ojos me ardían y el sol daba de lleno
sobre mi rostro. El gordo hablaba y hablaba, movía la boca y
las manos sin cesar, no me miraba, y lo único que yo
escuchaba era un murmullo ensordecedor del cual sobresalían
las palabras imprenta y panfletos, mientras examinaba de a
ratos su camisa empapada por el sudor y me preguntaba cómo
olería. Eran las ocho y media y el calor escaldaba la
atmósfera.
– El
doctor quiere hablar con vos – escuché de pronto.
–
¿Sobre qué? – pregunté.
– Vaya
uno a saber – dijo –. Supongo que querrá conocerte un poco
más. A él le gusta conocer a todos sus colaboradores, en
especial, a aquellos que yo le recomiendo.
– ¿No
confía en vos?
– Todo
lo contrario – repuso, como si mi pregunta lo hubiera hecho
enojar –. Porque confía en mí es que quiere conocerte mejor.
La gente que yo le recomiendo es la que va a formar parte de
las listas. De ahí van a salir los futuros puestos de
particular confianza… Antes de que mi viejo reloj de
pulsera diera las diez de la mañana, llegué a la sede del
partido. El doctor estaba en su oficina. Cuando me vio me
llamó por mi nombre.
– Tome
asiento, por favor – me dijo, y de inmediato agregó: – ¿Le
gustaría tomar algo fresco?
– No,
gracias – repuse, movido por algún absurdo prejuicio.
– Una
gaseosa, un vaso de agua. Hace un calor insoportable –
insistió.
– Un
vaso de agua estaría bien – dije –. Gracias.
El
doctor me observó en silencio por unos instantes, mientras
yo bebía un agua mineral sin gas en botella de medio litro.
Estaba bien helada, y lo primero que pensé fue que me haría
doler la garganta. El doctor se veía satisfecho, enseguida
dijo: – Picasso, que es mi mano derecha en estos asuntos, me
habló muy bien de usted. Hizo una pausa, sin dejar de
mirarme. Me pregunté cuáles serían esos asuntos a los que él
se refería. – Como le dije el otro día en la cena, profesor
– prosiguió diciendo el doctor – ¡Ah! Antes que me olvide –
interrumpió de repente, como si algo importante hubiera
acudido a su mente –: ¿Cómo le gusta que lo llame?,
profesor, o por su nombre. – Como a usted le quede más
cómodo – respondí.
– En
ese caso, creo que un título, en especial un título docente,
enaltece el nombre de una persona. Como recién le decía,
Picasso me habló muy bien de usted. Y el otro día en la cena
se tomó la libertad de ponerme al tanto de su situación. Se
ve que lo aprecia mucho. ¿Así que es profesor de historia?
Asentí.
–
¿Dónde ha enseñado?
– Tres
años en el Normal y siete en Colegio de los Padres
Salesianos. Hasta que me sacaron por oponerme al nuevo
programa educativo. Después de eso no he tenido la
oportunidad de volver a ejercer la docencia.
– Por
oportunidades no se preocupe, mi estimado, es lo que va a
tener de sobra. Gente como usted no puede estar desempleada.
Lo que el país necesita son docentes capaces de crear mentes
independientes. Hay que cambiar esta nación de autómatas.
Hay que enseñarles a los chicos a pensar; a valerse por sí
mismos; hay que hacerles saber que sus ideas son tan buenas
como las de cualquiera…
– Decir
esas cosas me costó el trabajo y casi me lleva a la cárcel –
declaré.
– Pero
ahora las cosas cambiaron – prosiguió el doctor –. La
situación es otra, profesor. El país se prepara para vivir
momentos de profundos cambios sociales, en todos los
órdenes. Y precisamente, profesionales como usted, es lo que
necesitamos para hacer que esta oleada de cambios tenga el
impacto que debe tener; que no se va a dar solamente en
nuestro país, sino que ya se está dando en toda la región.
De modo que me alegra que se haya decidido por nosotros.
Usted y yo vamos a ser protagonistas de esta transformación.
Sepa que la banca es un hecho, las encuestas así lo dicen,
pero lo dice también la gente, todos los días me encuentro
con personas que me paran en la calle para decirme que me
apoyan, que van a votar al PTU sólo por mí; y eso me llena
de satisfacción.
– No es
para menos – dije –. No cualquiera le cae bien a la gente.
– Ahora
– dijo el doctor.
–
¿Cómo? No comprendo.
– Que
“ahora” no cualquiera le cae bien a la gente. Gracias a Dios
el votante se está dando cuenta de que debe elegir bien; no
sólo debe fijarse si el candidato habla “bien”, sino que
debe dirigir su atención a otros aspectos como la honradez,
la eficiencia, la preparación, la dedicación… Antes, no hace
mucho, menos de cuatro años sin ir más lejos, la gente
elegía a cualquiera. De otra manera el gobierno no estaría
integrado por estos energúmenos. Pero cada uno cosecha lo
que siembra, y ahora nosotros nos preparamos para conquistar
el poder.
– Sin
dudas – comenté, sólo por decir algo.
– Así
es profesor. Así es. Si contamos con el respaldo suficiente
vamos a ocupar esa banca en el Congreso y le aseguro que no
me voy a olvidar de usted. Como le dije, la nación necesita
buenos profesores de Historia, profesores como usted, que
enseñen las cosas tal y como sucedieron, y no como algunos
cuantos corruptos pretenden que se haga. Vamos a necesitar
gente en el Ministerio de Educación y, créame, usted va a
estar ahí, justo en el campo de batalla.
– Pues
se lo agradezco.
– No
hay nada que agradecer. No le estoy haciendo un favor, le
estoy ofreciendo el lugar que le corresponde. Y si a alguien
debe agradecerle es a Picasso, que fue él quien me habló de
usted. Es por eso que le pido que lo ayude, usted va a
trabajar con él en esta campaña. Picasso está coordinando mi
campaña en su querida Hurlingham, y yo necesito que lo
apoye. Ayúdelo a hablar con la gente. Tenemos que hacerles
entender que somos la mejor opción. Sabemos que usted es un
hombre respetado en su ciudad, y la gente lo va escuchar. No
permitamos que cualquier atorrante vuelva a administrar los
erarios públicos, tenemos la responsabilidad y la
oportunidad de poner al frente del gobierno hombres de bien,
hombres comprometidos con los intereses de la nación,
incapaces de corromperse. Yo soy uno de esos hombres,
profesor, no tenga la menor duda de ello. Y si el senador M…
llega a la presidencia, le aseguro que vamos a tener el
mejor gobierno que este país haya tenido nunca. Vamos a
hacer historia. “Ojalá”, pensé. – Es un hecho – dijo
el doctor, como si hubiera leído mi mente –. Pero no alcanza
con llegar, también hay que trabajar. Y hay que estar
preparado; tener vocación de servicio; hay estar convencido
de lo que uno hace… Por suerte habemos quienes estamos
dispuestos a cometer la locura de robarle tiempo a nuestras
familias para servir a la gente, al país; pero es por una
causa noble y la familia así lo entiende; entiende que acá,
lo más importante, es darse de lleno a los demás. Es la
única manera de que este país salga adelante. ¿No lo cree
así? Finalmente trabajamos en la campaña sin descanso.
Quedaron atrás las elecciones internas y el doctor arrasó a
sus oponentes. Luego éstos se aliaron al doctor para las
elecciones nacionales, pocos meses después, y el doctor dijo
en una reunión que mantuvimos en la sede partidaria que todo
era una jugada política para captar votos y así vencer al
adversario. «Las alianzas son importantes», dijo. Me
asombró el hecho de que el pelele que había faltado a la
cena la noche en que conocí al doctor, ocupara el segundo
puesto de la lista. “Otra estrategia política”, pensé.
Después de varios meses de duro trabajo, como era de
esperarse, el doctor ganó una banca en el Congreso. Lo
nombraron presidente de una comisión importante y lo
pusieron al frente del directorio del partido. El doctor M…
no logró la presidencia, pero salió reelecto senador y le
ofrecieron formar parte del gabinete. Festejamos su
nombramiento como Ministro del Interior con una gran cena en
la sede del partido, a la cual faltó por razones de fuerza
mayor. Nunca más lo vi. Al gordo, tal y como él lo había
dicho, el doctor lo llevó de secretario; y la mujer del
gordo, a quien no recuerdo haber visto arriba de una o dos
veces en los actos partidarios, le dieron un puesto de
ayudante administrativo en el Congreso. No sé que habrá sido
del resto del grupo, no supe nada más de ellos. Nos vimos
una vez dos o tres días después de las elecciones, cuando la
cena del senador M…, y otra algunos días más tarde, cuando
esperamos en vano la presencia del doctor para detallarnos
la lista de los puestos que le habían adjudicado. En cuanto
a mí…, en cuanto a mí, aún espero mi puesto en el Ministerio
de Educación. Me tomé la libertad de elaborar una serie de
proyectos que creo pueden servir para hacer de la educación
una herramienta más eficiente. Ojalá los use algún día. Sin
embargo, y me duele decirlo, he perdido toda esperanza. La
semana pasada fui a la oficina del gordo para pedirle que me
consiga una audiencia con el doctor. Me atendió alguien que
decía ser el secretario del gordo, un muchacho a quien nunca
había visto; el muchacho me miró flemáticamente y me dijo:
– Dice
el señor secretario (el gordo) que en este momento no lo
puede atender, señor…, pero que si es por trabajo ni se
moleste en venir; no es la política del diputado hacer
clientelismo político.
– Pero…
– alcancé a entonar antes de ser interrumpido.
– Que
tenga buen día, señor.
Fin
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